LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

miércoles, 10 de mayo de 2017

"CONTACTO CON SPENCER" por Emilio López Gelcich

CONTACTO CON SPENCER

Caminaba con el bolso marinero colgado en el hombro derecho, sujetando con la mano izquierda el portafolio. En la esquina puse todo en el suelo, respiré hondo, invertí la ubicación de la carga y continué la marcha. Finalmente llegué a la parada de autobuses y pregunté:
¿Aquí pasa el que va al aeropuerto?
No – contestó una mujer – en la siguiente.
Gracias – dije, preparándome para realizar un nuevo esfuerzo.
Pasaron diez minutos, del ómnibus ni noticias. Contaba con tres horas, pero el hecho de tener que presentar pasajes, documentos, y despachar equipaje me ponía nervioso. De pronto el coche apareció, pagué el boleto al conductor y ocupé un asiento que daba al pasillo.
Ojalá no suba mucha gente – comentaba en voz baja, mientras arreglaba mis pertenencias.
El lugar de al lado continuaba vacío, pero dado el ritmo de ingreso, seguro me quedaba poco tiempo para contar con los dos espacios.
No… No… No… – gesticulé varias veces, en tanto un hombre enorme se aproximaba hacia mí, y tuve que ceder el paso para que se sentara.
¡Que incomodidad!... Fue muy difícil reacomodarme, aquello era terrible, hacía mucho calor, faltaba algo más de media hora para llegar, y de seguro, con el correr de los minutos, aquel personaje transpiraría profusamente. Solo el recuerdo del moreno haciendo gambetas, mandando la pelota al fondo de la red, paliaba la situación. Y cuando se repetían demasiado sus jugadas, aparecía el rostro de Jenny recitando aquel poema lejano, vinculado al futbol. Esas imágenes me permitían soportar al monstruo híbrido, un tanto asexuado, que con gran parsimonia, desparramaba su adiposidad empujándome hacia la gente que viajaba de pie. Cuando divisé el aeropuerto sentí un alivio indescriptible, al diablo el hombrón, al diablo el calor, por fin podría respirar tranquilo, sin tener que soportar ese ambiente denso. Y fue antes de ingresar al edificio de partidas internacionales que recordé aquel gol de cabeza. Faltaban tres minutos para finalizar el encuentro y se produjo un tiro de esquina en el arco de la tribuna Ámsterdam. El centro vino servido contra el palo derecho, y en una fracción de segundo el moreno se elevó, colocando un frentazo que mandó el balón a lo más profundo del pórtico.
Alberto Spencer
Mercedes / 7/ 1986
Estimado Alberto:
Veinte años después quiero darte las gracias por todos los momentos inolvidables que me hiciste vivir. Tus amagues, esos saltos quedando suspendido en el aire… Fue debido a tu presencia en la cancha que logré superar trances amargos, y lo más importante, comprender la secuencia de la rima. Es que la posición de tu cuerpo y tu toque de pelota me explicaron, en la práctica, qué para iniciarse en la literatura es imprescindible entender la cadencia, la sincronización de frases que a veces, hasta en desorden, muestran el sentido armónico de hechos y situaciones que conjugan nuestro destino.
Un domingo en la tribuna bastaba para soportar toda la semana escuchando insolencias. El recuerdo de tus movimientos hacía posible olvidar los golpes, los atropellos, los baños con agua fría todos los jueves, en pleno invierno. Después vino lo máximo, tus goles contra el Real Madrid en el mismo Santiago Bernabéu… ¡Campeones del mundo!... Y aquellos versos en boca de Jenny, conformando un círculo concéntrico que me acompañó siempre: fútbol y poesía.

En el cielo las estrellas,
en el campo el girasol,
y en el medio de mi pecho,
la bandera de Peñarol.


En policía internacional entregué el pasaporte, el funcionario de turno lo miró un instante y estampó un sello que marcaba la fecha de salida del país. Luego coloqué el portafolio en una cinta ancha que pasó por la máquina de rayos X. Dos funcionarios observaban una pantalla, solo aparecían papeles, lápices, y alguna tinta correctora, por lo tanto no hubo reparos. Antes de trasponer el detector de metales pregunté si borraba disquetes o videos, me respondieron que no. De pronto la alarma sonó, llevaba monedas y unas llaves, las mostré y me dijeron que pasara. Sin darme cuenta, mientras caminaba a la sala de pasajeros en tránsito comencé a cantar aquella canción dedicada a mi pequeña amiga de antaño:

Recuerdo tu nombre Jenny…
Tu primer redacción…
Linda flor que en la infancia,
mi dolor perfumó.

Me senté en un sillón, aún faltaba media hora para embarcar. Dos aviones del puente aéreo partían a Buenos Aires, otro a Río de Janeiro con conexiones, y el mío se dirigía a Santiago de Chile. De pronto me puse de pie, subí una escalera y visité el Duty Free. En el sector de los licores resaltaba una oferta de whisky. Cuando salí me dieron ganas de ir al baño. Entré, me miré en un espejo, no había nadie, me pareció que algo estaba mal y volví a la puerta, decía DAMAS.
¡Otra vez en las nubes! – Recriminé en voz baja – ¡Que idiota!
El de los hombres estaba justo al lado, por lo que ingresé de inmediato. Me disponía a salir cuando se escuchó el llamado a embarcar. Caminé con mi pase a la puerta indicada… Entré al avión, puse mis cosas en la bodega superior para equipajes de mano, y observé que uno de los líderes políticos de la nación estaba a punto de sentarse tres filas atrás. Me quedé un instante observándolo… – Permiso – dijo una señora que se dirigía a su asiento. – Disculpe – respondí, dejándola pasar. Ya sentado me coloqué el cinturón de seguridad mientras una azafata llevaba a cabo las instrucciones de rutina. Posteriormente el capitán informó sobre la duración del vuelo y la nave comenzó a moverse en la pista. Cuando estábamos en el aire me di vuelta varias veces, observaba al líder con admiración, pensaba en sus años de presidio, en lo que representó y representa toda la tragedia de aquellos tiempos violentos. Luego miraba a la señora que iba a mi izquierda sorteando las páginas de un diario, seguramente buscando cosas que le interesaran, pero al parecer no había nada, pues llegó al final y lo colocó en la abertura que hay atrás de cada respaldo de enfrente.
¿Sería tan amable de prestármelo? – le pregunté.
Por supuesto – respondió.
Yo en realidad no sabía si quería leerlo, pero el hecho de distraerme me llevaba a buscar en las páginas cualquier información en la sección deportiva. Colocolo había empatado con Flamengo en Río de janeiro tres minutos antes del término del encuentro; estaba la foto de la anotación, un hermoso gol de cabeza. De pronto las asistentes de vuelo llegaron con el carro de la comida, bajé la mesa portátil y colocaron la bandeja con alimentos.
¿Qué desea beber señor? – preguntó una joven con la cabellera tomada desde atarás con un broche.
Vino tinto por favor – respondí.
Cuando pedí un segundo vaso ya estaba pensando en los guiones que debía entregar a la productora. Ojalá los aceptaran, ya que de ello dependía la realización del programa y mi estabilidad económica de los próximos meses.
¡Basta! – Dije – tengo que relajarme, todo saldrá bien, y si no es así, tampoco se va a terminar el mundo.
¿Café o té señor? – Era la azafata que portaba dos jarras de metal.
Café – respondí.
Y mientras lo tomaba, nuevamente la imagen del moreno comenzó a delinear con su cuerpo la estructura clásica de un soneto. Partía de la mitad de la cancha hamacándose hacia un lado, volcándose hacia el opuesto, amagando dos veces, para finalmente eludir al marcador de turno por donde había iniciado la maniobra. De esa manera, repitiendo la acción, diagramaba los dos cuartetos. Llegando al área rival acentuaba los movimientos, entonces daba la idea de lanzarse por la izquierda, pero se volcaba a la derecha, y finalmente, cuando el contrincante se disponía a quitarle el balón por ese lado, quebraba magistralmente el cuerpo, evadiéndolo por el lugar en que había iniciado el movimiento, rimando así la primera con la última secuencia. Ante una nueva marca repetía la acción, segundo terceto, luego se dirigía al arco contrario para marcar otra anotación en su amplio historial deportivo.
Por los parlantes una voz anunció que nos aproximábamos a la Cordillera de los Andes. El tiempo era bueno y en el lugar de arribo había una temperatura de veinticuatro grados. Nuevamente me di vuelta para mirar al líder, se veía muy bien, a pesar de todo, su cuerpo seguía erguido y su rostro mostraba esa sonrisa natural, espontánea, que llevan los hombres que han cumplido con sus designios. En ese momento acudieron a mi memoria los rostros de Ana, compañera en el liceo, de Isabel, de Julio, que a partir del mil novecientos setenta y tres fueron detenidos por la dictadura. Ana estuvo catorce años presa, Isabel algo más, en cuanto a Julio, es uno de los desaparecidos. Ante esas imágenes que me angustiaban, volví a entonar la canción dedicada a mi amiga de la infancia.

Recuerdo los dos renglones,
vivaces ojos, pequeña voz.
Recuerdo aquel dibujo,
con los dos árboles,
tu redacción.

Siempre fue la mejor de la clase, la más inteligente, sus composiciones eran concisas, perfectas. En dos líneas sintetizaba sus pensamientos, logrando cautivar tanto a maestros como a compañeros de curso.
¿Cómo estará ahora? – A menudo me pregunto. Pero es mejor no saber nada y guardar su imagen de pequeña, que junto a los goles de los domingos fueron lo único dulce de mi niñez.

Recuerdo tu nombre Jenny,
por eso esta canción,
linda flor que en la infancia,
mi dolor perfumó.
Alberto Spencer
La Cordillera de Los Andes quedó atrás, nos preparábamos para aterrizar en el aeropuerto Toribio Merino Benítez (Santiago de Chile), los respaldos de los asientos estaban verticales y habíamos ajustado los cinturones de seguridad. De pronto se sintió el ruido que hacen las turbinas para disminuir la velocidad. El avión tocó tierra, se acercaba el momento de saludar al líder político. La voz del parlante agradeció la elección de la compañía, nos dijo que esperaban volver a vernos, y luego solicitó que esperásemos que la nave se detuviese completamente para abandonar los asientos. Miré hacia atrás, el líder estaba pronto para incorporarse.
Debo esperar un poco – me dije – en lo posible dejarlo pasar y ponerme atrás, para luego abordarlo.
Quien ocupaba el asiento a mi lado quería sacar sus bolsos, me puse nervioso, logré mantenerla a raya un momento, pero no tuve más remedio que levantarme. Caminé lo más despacio posible, percibía la presencia del líder político, cuando traspuse la puerta del avión saludé al personal de vuelo, el plan finalmente se desarrollaba a la perfección. Comencé a bajar la escalera, dos autobuses esperaban a los pasajeros, aminoré la marcha, debía asegurarme de que subiésemos al mismo coche, ese era el lugar ideal para el encuentro, además el recorrido duraría unos minutos. Sentí un aire de triunfal en mí entorno. Y fue entonces que miré hacia un costado y vi un hombre de chaqueta azul, con un bolso de cuero. Lo seguí con la mirada, percatándome de que era negro, espigado, físico atlético, con algunas canas.
Increíble – me dije. – ¿Será Spencer?
El moreno recorría el pasillo del autobús, yo iba atrás, tratando de descubrir si en realidad era quién parecía ser. Una mujer de pelo rubio se colocó a su lado, yo me paré justo enfrente, despejando toda duda. Era Pedro Alberto Spencer. Los ojos se me humedecieron, tuve que hacer un gran esfuerzo para controlarme. Solo atiné a mirarlo, gozando de esa presencia mágica que indicaba el cierre de una etapa de mi vida. De pronto levantó la vista y me miró. Quedé inmóvil, hasta que guiado por una extraña fuerza le dije:
¡Si habré gritado tus goles!... ¡¡Si habré gritado tus goles!!
Me alegro – respondió con una voz que sinceramente no recuerdo.
Al despedirnos sentí un poco de vergüenza, no estaba preparado para asumir aquel contacto. El ómnibus se detuvo y todos comenzamos a descender. Pedro Alberto Spencer caminaba adelante con esa señora que seguramente era su esposa. Se pusieron en una de las filas para chequear el ingreso al país, yo continuaba observándolo. En ese momento recordé al líder político, seguramente estaba en algún lugar del aeropuerto. Con el brazo en alto hice un adiós tan sentido como simbólico. Spencer mostró su documentación y se perdió de vista…

Santiago de Chile 21 /11 / 1996
Estimado Alberto:
No sé si agradecerte a vos o al destino el hecho de que aparecieras en etapas tan distintas de mi vida. Me parece increíble que desde una tribuna en ese estadio declarado monumento al futbol por haberse disputado la primera copa del mundo, me dictases las cátedras más sutiles de literatura. La poesía estaba en tu técnica atildada, sincronizando el compás de los textos escritos en verso. En cuanto a la prosa, se fue dando conjuntamente con tu leyenda, en el hecho de destacarte sin dejar de lado jamás la armonía del juego colectivo, encantando multitudes con o sin el balón, acaparando la atención como un personaje literario de géneros diversos. Luego tu vida extra futbolística. Diplomático de alto rango en la embajada de Ecuador, donde conjugaste siempre deporte y cultura. Tú lucha incansable por la vida ante esas dolencias cardíacas, donde le hiciste gambetas a la muerte, ya que tenías que seguir siendo un símbolo vivo. Apoyaste a grupos de enfermos del corazón realizando demostraciones deportivas, o con tu solo acto de presencia. Cuantas jugadas Alberto, que como escribió Bertold Brech, estas entre quienes luchan siempre, los imprescindibles.
Al estrecharte la mano, una persiana oculta bajo mis párpados se cerró, tú accionaste el fantástico mecanismo. Pero tengo la certeza de que en ese mismo instante se abrió nuevamente el telón de ese escenario privado que es uno mismo.
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Emilio López Gelcich
Epílogo
Tres años después, debido a circunstancias que no vienen al caso, el cónsul de Ecuador en Uruguay me invitó a su despacho. A las once de la mañana llegué a las oficinas consulares, ubicadas en un edificio del sector de Pocitos. La secretaria me invitó a sentarme y así lo hice, dispuesto a esperar, pero casi de inmediato Pedro Alberto Spencer salió de un salón pidiéndome que pasara. Esta vez sí conversé con él por un espacio de tiempo, hablamos brevemente del relato y sobre todo de algunos pasajes de su historia. Al despedirnos lo miré a los ojos satisfecho, agradecido ante las dos oportunidades que me brindó el destino.
Ana e Isabel son personas reales con los nombres cambiados, y hasta fines del siglo XX al menos, continuaban viviendo en Mercedes, vinculadas al rubro del comercio.
Julio, también con nombre ficticio, continúa desaparecido, siendo una de las víctimas de los cruentos golpes de estado que en los años setenta asolaron América Latina.
En cuanto a Jenny, cuyo nombre es real, la última vez que estuvimos juntos fue en Montevideo, ambos teníamos diez años de edad.