LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

lunes, 5 de diciembre de 2016

AMIGO - relato para José Edgardo Domínguez Rey

Un flaco de pelo claro, tirando a rubio, buena voz, inteligente para una radio.
Andaba por los 30 largos de edad cuando lo conocí y unos cuantos moviendo perillas, micrófonos y cables.
Fácil entrar en amistad por lo sencillo de poseer sentido común, bonhomía, la humildad de los grandes valores.

Es claro lo que nos une.
La radio
La magia de la radio.
La magia del micrófono.
La magia de la palabra.

El flaco además tenía muy buena dicción. Bueno, la sigue teniendo. Eso que muchos deben trabajar y parecía que lo tenía por cuestiones de nacimiento, naturalmente. O por pasión.

Hay algo que no olvidaré más del flaco.

Sabe uno lo que transmite una mirada. Pronto las acciones confirman las intuiciones. Nadie es quién para juzgar, por supuesto, pero el flaco es de los que parecen buena persona hasta viéndolo de lejos.

Estaba antes que yo en la radio. En realidad el flaco estaba en la radio antes que la radio. Movió tierra para levantar la torre, levantó la torre, anduvo pariendo una nueva ilusión y yo, después, con todo pronto, llegué para saborearla y disfrutar.

Hay algo que no olvidaré más del flaco.

En radio, después que te enseñan a manejar los controles no querés soltarlos más y pasás a conducir programas desde allí porque manejás mejor los tiempos, el preciso momento cuando una canción debe entrar y sobre todo cual canción, por ejemplo.

Pero había alguien en quien confiar para ceder los controles. Complicidad total y confianza. Hacer la radio que te gusta con otra persona significa cosa muy especial. El que controla debe meterse en tu cabeza, saber lo que piensa el que conduce, saber los momentos, debe interpretar. Debe dejar de ser él para pasar a ser otro. Empatía total, solidaridad. Difícil encontrar alguien mejor que el flaco. Trabajar de memoria.

Estadio Centenario de Montevideo. Uruguay-Perú, eliminatorias al Mundial 2002-Marcos Gutiérrez, José Edgardo Domínguez, Federico Marotta, Juan Antonio Legorburo
Rubión y risueño, tomaba bastante mate desde tempranito en la mañana. Cualquier yerba, las más sabrosas y las menos y ¿sabés qué? Para el flaco todas eran lo mismo. Apreciaba el valor de las cosas y no por su valor. Disfrutar lo que se tiene o lo que se puede. Y compartirlo.

Hay algo que no olvidaré más del flaco.

Ahora, en estos tiempos, sigue microfoneando. Da igual si le pones adelante un partido de básquet, un programa de entrevistas, uno de fútbol o de música. Se lo ve con la misma pasión, la misma sabiduría que da el sentido común y la humildad.

Padre y abuelo. Sé que vivió momentos difíciles y sé que se ganó la vida laburando sin preguntar, como sea, donde sea. Y si no había un cable de radio en el medio igual. A uno no le regalan cosas que nos mantienen con vida. Hay que salir a ganárselas y buscarlas como ha hecho el flaco.

Estadio Artigas de Paysandú- Liga del Centro de Soriano campeona del Litoral de fútbol. Juan Antonio Legorburo, Juan Francisco Correa, Federico Marotta, José Edgardo Domínguez Rey
Comentarle que hay que ir a transmitir allá como a trescientos kilómetros y está. Que hay que transmitir en medio de una hinchada rival y en cancha rival y está. Que hay que transmitir un almuerzo de campeonato y está. Que hay que ir a la plaza o a la calle o al estadio y está. Y no pregunta por qué. Va. Le gusta. Le apasiona. Lo disfruta. Lo vive. Y esa es la vida noble.

Hay algo que no olvidaré más del flaco.

Y es que no lo vi perder la sonrisa jamás. No le vi dejar de dar un abrazo nunca.
No perdió el saber estar jamás. No le vi la envidia nunca.
Y mirá que ha pasado malos momentos. Y yo andaba por ahí. Tal vez el flaco necesitaba más de mi o de nosotros. No nos dimos cuenta aún sabiéndolo. No se quejaba, no compartía el dolor. Yo no sé si eso es bueno o malo. Tampoco sé si eso era lo que realmente quería.
Pero no perdió la sonrisa jamás. Nada para reprocharle al flaco, nunca.
Sólo agradecerle que se haya cruzado en nuestras vidas para alimentarla de la sabiduría más grande que es la más simple, de la grandeza sencilla. Cual hermosa persona, de las que necesita nuestra ciudad, nuestra humanidad.

El flaco es una puerta abierta, enriquece, alimenta la esperanza. Lo mejor que quieras encontrar en un hogar.

Yo no sé para qué escribo tanto si puedo resumir al flaco en una palabra.


Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.