LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

lunes, 3 de octubre de 2016

RAMÓN - "Pochila" "Pulpo"

Relato dedicado a Ramón Waldemar Damborenea Gutiérrez "Pochila" o "Pulpo", escrito en 2002. Publicado en el libro "Cartas" (2009), Editorial Entrega 2000.

Ramón, 50 y algo años de vida y más de cuatrocientas poesías almacenadas en su memoria. Estudió electricidad y ahora recibe una pensión estatal. En el umbral de su juventud su vida cambió para siempre. Se volvió loco. Por eso lo inyectan mes a mes.
En su temprana edad un clima político violento se instaló en su país. En esos tiempos Ramón vagaba entre cordura y locura, pero comprendió, de un modo brutal y exacto, el alto significado de la libertad. A partir de entonces admitió su locura, pero marcó su vida el deseo de ser libre.

Su mundo se tornó complicado. Además debieron internarlo en un centro de recuperación, de compañeros locos e inyecciones tranquilizadoras. Entonces entraba en pánico, sentía temor de pertenecer a un mundo para él imbécil. Quería escapar a todas las cadenas y no podía. A medida del paso de las semanas iba comprendiendo aún más su enorme amor a la libertad. A ser loco sí, pero libre, vivo.

Tiempo más tarde dejó atrás las puertas del internado. Su hogar lo recibió nuevamente, en donde por ese tiempo vivía su madre junto a otros hermanos. Se dedicó de lleno a la lectura y comenzó a memorizar más y más poesías, a descubrir nuevos autores. También comenzó a participar en reuniones benéficas y peñas folclóricas. Allí estaba. Unas veces presentado en escenario vestido a la usanza de un hombre de campo y otras tal cual lo encontraba la ocasión.
Recitaba con voz poderosa y clara. Poseía un dominio excepcional de la pausa y volvía mágica su actuación. Era capaz de hacer brotar lágrimas detrás de cada verso y de repente, cosa inexplicable, las lágrimas besaban labios pletóricos de risa. Así era Ramón. En un instante mandaba a reír, luego a llorar, luego a pensar. Sus poesías podían ser altamente emotivas, otras sumamente divertidas y en buen porcentaje comprometidas con el deseo de un mundo mejor. Demostraban siempre su propia manera de ser, la de un permanente darse a los demás.

Reuniones, mostradores de bares y cantinas, cualquier comida informal. Unos amigos, unas copas, un instante y un loco. Con él llegaban rápidamente los momentos felices. Incluso a veces bastaba con detenerse en esos gestos de cara redonda, escasísimo pelo y un particular mechón prolijamente cortado en el medio, sobre la frente. Sonrisa de pocos dientes y un infaltable cigarro jugando en sus labios. Más bien bajo de estatura y tirando a cuerpo relleno. Era un hombre que caminaba rodeado de una nube de humo y unos gritos inesperados en cualquier lugar de la calle, a cualquier hora.
Durante algunos años de su vida el alcohol lo acompañó en forma diaria. Bebía ansiosamente y el efecto comenzaba a notarse pronto. Como cualquiera, perdía muchas veces su control.

Que ebrio de vino y locura hizo cosas indebidas, es cierto. Que con la misma ebriedad pasó los límites de la cortesía humana, también. Que en iguales circunstancias se le iba la mano a lugares prohibidos, igual. Entonces todos le recriminaban, sentíanse con derecho a criticarlo, a sabiendas que lo hacían con un hombre débil, inofensivo. Pretendían cuestionarlo como a cualquier cuerdo, profundizando esas críticas que a otros no se las harían. De esa manera desataban autoridad sobre un manso loco, finalmente dominable. En tales circunstancias nadie le perdonaba la locura, ni siquiera la ebriedad. Así, muchas veces lo despreciaron y hasta lo echaron, transformándose en un personaje de sus propios versos.
Pero a cada nuevo sol se le abría otro camino. Porque él vivía el día, el momento. Armonizaba el pesar de infelices ebriedades evocadas en un instante de nostalgia con una risa abierta, franca y a veces cómplice, echando la cabeza para atrás y llevando las manos a su hinchada barriga.
Con Ramón en Casa de la Moneda, Santiago de Chile.












Durante muchas tardes, más que nada en verano, acompañaba a su hermano a la orilla del río. Cuidaban de su pequeña embarcación de madera y pasaban el rato charlando con otros pescadores de barrio. En esa zona del río ya eran populares los gritos de Ramón, dirigidos a sus dos fieles, libres y mansos compañeros perros a quienes nombraba "sus hijos". En ellos, en su familia y en sus amigos, Ramón volcaba sus afectos, su generosidad sin límites. Llenaba así su espíritu y alma que jamás había compartido con una mujer compañera, quizás la gran ausencia en su vida.

Ramón logró el primer premio recitando en las fiestas folclóricas más importantes de su país. Tenía poco más de 20 años cuando mereció tal distinción. Más, él no le daba importancia al hecho. Su visión estaba puesta en intentar conseguir a diario alguna reunión de amigos o fiestas benéficas en donde le pagarían algún dinero por su actuación. Algunas veces cobraba por lo suyo, pero otras finalmente no pasaba factura. Sobre todo cuando eran beneficios solidarios. Por esto es que manejaba muy poco dinero. La pensión estatal la cobraban sus familiares. Era lo mejor. En ciertos meses Ramón cobraba y llegaba a su casa borracho y sin dinero. En ese día se sentía feliz en su ebriedad porque finalmente podía devolver atenciones a los amigos que durante el resto del mes lo invitaban con algunas copas. Pero claro, luego había que comer y vestirse. Por otra parte Ramón casi nunca trabajó. Tampoco podía hacerlo pues dejaría entonces de recibir su pensión de loco. Y a decir verdad no le gustaba. Pero sobre todas las cosas: ¿quién sería capaz de darle alguna oportunidad?
Ramón y Emilio López Gelcich en la guitarra, sindicato papelero de Mercedes, Uruguay.


























Pese a las malas costumbres que lo habitan Ramón es un tipo muy querido y de muchas amistades. Cuando no se lo veía preguntaban por él. Su ausencia se hacía sentir. Los días más tristes se sucedían en forma periódica, año tras año. En cierto momento y sin saber nadie porqué, Ramón no salía de su casa. Sin ningún problema aparente ni situación evidente, se encerraba en sí mismo y se negaba a hablar. Algún amigo lo visitaba, aún a sabiendas de que era inútil conseguir un mínimo diálogo. Se lo encontraba en su casa, generalmente sentado, siempre fumando. Sus ojos eternamente perdidos en pensamientos indescifrables. No respondía, parecía no interesarle el hecho que sus amigos fuera a darle ánimo. Ni siquiera un saludo de despedida, nada.
Pasaba así largos días, semanas. Encerrado en sí mismo, introvertido en máxima expresión, solo.
El día menos pensado Ramón volvía a aparecer en sus lugares habituales. Era el de siempre. La crisis depresiva pasaba sin necesidad de preguntas. A él no le interesaba explicar su mundo y para los demás lo importante era recuperar al amigo.

Ramón es un bohemio en esencia. Muchos corren tras ella buscando su magia. Él no necesita hacerlo porque la bohemia es él. Lo popular es él. El olvidado es él. Como el sumergido o el infeliz. A todos ellos los vive porque los siente. Porque los recuerda en cada recitado o verso que emergen de sus labios. Por eso es que muchos agotaron lágrimas escuchándole revivir al desposeído.
Ramón no cambiará. Tendrá dudas y sentirá impotencia cada vez que deba ir al hospital a inyectarse. Necesita la medicación pero también sabe que con ella le dominarán los nervios, le aliviarán la tensión. En fin, para él, una manera de quitarle la libertad. Pero debe ir. De cualquier modo debe inyectarse porque tiene memoria y pánico de que nuevamente le dictaminen un internado de compañeros locos. Presa así de un encierro de vida se entrega a un pinchazo de locura.

Un día, públicamente, lo alabaron hasta la idolatría.
Entonces Ramón levantó la vista, perdió la mirada en los ojos de su interlocutor y dejó pasar unos segundos de pausa excepcional.
Luego dijo que no.

Que el verdadero ídolo era su hermano Román. El buenazo y cuerdo de Román, que es manso, hogareño, albañil, pescador, solidario y generoso.