LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

miércoles, 8 de febrero de 2012

CARTA DESDE ROMA

Publicado en Semanario Entrega 2000 de Mercedes, Uruguay.

LO HE VISTO TODO

Me abstraigo de creencias, de las contradicciones, de ateos y mercaderes, de cardenales, críticos, del pensamiento de cambiar riquezas por el hambre. No evado la discusión, pero esta vez sólo quiero centrarme en el arte.

Crecí rodeado de ella, de niño sin darme cuenta su dimensión. Revistas ilustradas, con fotos preciosas, me paseaban por todos los Giotto, Tintoretto, Tiziano, Botticelli, Leonardo o Greco o más reciente Gauguin, Cézanne y todos los más o menos conocidos. Sé que vi en aquellas fotos el dedo de Dios y me fascinaron los clásicos italianos.

Hasta que di un giro en la Basílica de San Pedro y apareció ella, mármol que cinceló Miguel Ángel en sus 23 años y que firmó después de presentarla al público. Frente a mí la perfección del arte, la búsqueda de la excelencia del escultor pintor. Apareció la belleza y sigo evadiéndome de religiones, principios y mercaderes. Delante de mi camino estaba La Piedad.

Y horas después caminé y caminé por el Museo Vaticano, viendo y no viendo tanta arte, tanto Rafael y cuántos más, que al final hay tanto que igual pasas de largo cerca de una obra maravillosa. Porque el camino parece interminable, el lugar es grande, el arte invade, la ansiedad crece. Caminas y caminas, te detienes pero quieres avanzar. Porque al final espera el dedo de Dios.

Y subes o bajas escalones y no iba solo, por supuesto. Conmigo iban los míos. Te detienes en esculturas, pinturas, telas, mapas… y parece estar todo hecho a propósito para ir preparándote para la escena última, la Sixtina, como juicio final.

Lo he mirado todo. Pared y techo de la capilla. He estado donde Miguel Ángel y me abstraigo del artista acaudalado sin descendencia, evado los Julio II y los Médicis. Imagino el tiempo, el desafío, la perfección, la inteligencia y claro, miré con ojos de alguien querido que tanto le hubiese gustado elevar su mirada y quedarse prendido, con ganas de no irse más.

Lo he visto todo, sin renunciar a tanto otro arte desparramado por el mundo. Después de La Piedad y la Sixtina casi que ni importa si hay algo más allá.