LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

domingo, 1 de mayo de 2011

UN DISCURSO INOLVIDABLE



Publicado en Semanario Entrega 2000 de Mercedes, Uruguay.

UN DISCURSO INOLVIDABLE



Bajando por la calle del Protector se encuentra uno con viviendas, adoquines, árboles pintorescos de pájaros a veces molestos y una puerta abierta bien en la esquina, con un par de mesitas al fresco de parroquianos sin prisa, cobijados en unas copas de uruguayas cosas.


Cuatro años atrás escuché decir que "cada vez van quedando menos lugares como éste..." porque seguramente, digo yo nomás, el tiempo va pasando, evolucionando y nos quedamos nosotros en la comodidad de gratos momentos vividos a nuestra manera. Porque antes había sido la Central, de la que tantas historias se dicen, para otros será el Bristol, o las esquinas de la vieja Sarandí, o el propio Sorocabana o algún que otro mostrador de club.


Roberto nunca había ido a Villa Soriano. Deuda pendiente para un sorianense que de cualquier comentario te puede sacar una extensa reflexión con pocas posibilidades de rebatirla. Su extensa vida montevideana lo alejó sin querer de la muy noble y leal. Lo encantó Marfetán, el timbó, la plaza, el monumento a Artigas, la paz... "estimado amigo Federico... yo salí con la expectativa de hablar mucho de historia y nuestro encuentro con Juan nos hizo hablar mucho del futuro. Es increíble que fuimos al lugar poblado más antiguo de nuestra patria para hablar del futuro. Parece estar preñada esa tierra del encanto de los proyectos y a los visitantes no los deja mirar para atrás a pesar de la impresionante muestra del Museo Marfetán. Fue tan imprevisto todo que me ha costado ordenar en la cabeza todo lo que uno vivió allí..."


A veces no importa el lugar donde esté nuestro rincón, si da el sol o no tiene ventanas, o qué se yo. La magia de un lugar ve lejanas cosas sin importancia, como pueden ser los lujos, las comodidades o los finos olores y se fija en preguntas propias de un loco... "cuál es el color del alma?", lo encaran a uno con unos solitarios hielos golpeando el vidrio.


Uno de estos Díaz salía justo con dos vasos en la mano y se encontró con uno que doblaba la esquina, con cierta prisa de momento, del otro lado de la calle, que levantó la mirada y se encontró con la suya. Sin tiempo para pensar el dueño de la magia de la esquina soltó sin pensarlo un saludo, un discurso inolvidable que pareció cobijarse solamente en tres palabras.


En el muelle de Santo Domingo conversaban en francés. "... el encuentro con la francesa fue el colmo de la ruptura de lo previsto y más cuando se refirió a la belleza de Mercedes. Son cosas que impactan. Treinta años navegando para venir a pasear donde yo vengo una vez por mes... ¿Cuándo los mercedarios nos vamos a dar cuenta del privilegio? Yo sé que hay mucha gente que lo disfruta, pero no se logra exender ese sentimiento. Me puse a pensar si yo sería capaz de pasar 30 años lejos de todo lo que he sido y soy a cambio de conocer paisajes maravillosos (como Mercedes) y gente maravillosa, a cambio de cruzar los mares con tempestades y tranquilidades (como han sido nuestras vidas). ¿A buscar qué? Obviamente hago este comentario desde lo que soy. Soy un proletario en el más amplio sentido de la palabra. Soy de los que hacen el mundo, de los que se comprometen y toman postura, aún en el acierto y aún en el error. De los que tienen familia, esperan y son esperados. De los que abrazan y son abrazados, con un cariño permanente, extenso en el tiempo. Prefiero la lucha con mis semejantes, y les dejo las proezas de los mares y las montañas para otra gente... este es mi regalo en el día de tu cumpleaños, un abrazo fuerte, Roberto".


En Santo Domingo, frente al muelle, Aurelio estaba sentado solo, con una mesa enfrente, un perro jugando y una invasiva paz y tranquilidad que es como estar en el medio de la nada, mientras un visitante dejaba ver dos o tres hermosos dorados que marcharían a la Santísima Trinidad de los Buenos Aires, como cuatrocientos años antes también marchaban la madera, la leña o cañas. Y sigue abasteciendo la Villa a la ciudad porteña, pensaba uno.


En Mercedes, en la esquina de los árboles pintorescos de pájaros a veces molestos, uno de estos Díaz salía justo por la puerta mientras pasaba yo con cierta prisa por el otro lado de la calle saludando por una ventana de un coche y me dijo un discurso inolvidable...


En Santo Domingo, Aurelio nos invitaba a compartir su tranquilidad mientras el Hum, ese río que viene hacia nosotros, que estaba muy tranquilo, saludable y negro, parecía traer como mensaje un discurso inolvidable...

"Te quiero mucho".