LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

martes, 13 de julio de 2010

EL APRENDIZAJE DEL AJEDREZ EN GRUPO - ROBERTO OSORES

Recibido de mi amigo Roberto Osores:

Una práctica necesaria

El aprendizaje del ajedrez en grupo

Roberto Osores Frías

La experiencia como profesor de ajedrez, me ha demostrado que es en grupo donde mejor aprovechamos la clase.

Muchos padres –y a veces algunos adolescentes- me han solicitado clases individuales. A ellas me he opuesto siempre, y he salido del paso muy a menudo con argumentos engañosos.

Pero la verdad, es que no creo en una clase individual. Aunque sí creo en una clase “personalizada de muchos individuos”. Parece paradójico, y a continuación trataré de explicar mis convicciones.

¿Frente a qué me encuentro cuando estoy en una clase que componemos, por ejemplo, diez estudiantes y un profesor?

Primero que nada, frente a niveles de juego. Para esto, hago una selección previa que evite grandes distancias. A continuación, distintos grados de experiencia, según la procedencia (de otro club, de una escuela, del juego con sus amigos de barrio, de otro profesor). Distintos niveles de comprensión, según niveles socioeconómicos y culturales. Distintos niveles de desarrollo psíquico, según edades (también a esto trato de neutralizarlo con una elección previa, aunque no siempre es posible, y ni siempre la edad puede ser determinante). Distintos grados de respuesta, según rasgos personales (timidez, audacia, grado de confianza del estudiante con el grupo o con el profesor).

Todo esto, hace parecer imposible la enseñanza grupal del ajedrez.

Y sin embargo, es precisamente esa riqueza, hija de la diversidad, la que nos permite dar una clase de esas de las que uno sale contento, porque sintió que se tuvo que esforzar para ser comprendido, presentar el mismo ejemplo de diez formas diferentes, expresarse de diez maneras distintas, y aún así, alguno o alguna de las estudiantes quedó con dudas.

Tengo que saber que me encuentro frente a diez personas distintas.

Es que, cuando planteo una variante (una serie de jugadas que se concatenan a partir de una estrategia común), algunos ponen en duda que esa sea la mejor manera de llevar adelante el plan. Y entonces me veo obligado a desarrollar las variantes que mis “inoportunos” amiguitos y amiguitas plantearon. Lo que fue pasado por alto por considerarlo banal, dado el avanzado nivel de juego que supuse en la preselección, resulta que ahora es necesario explicarlo detalladamente, porque habían algunas dudas. Bueno, de cualquier manera, se ha perdido un poco de tiempo, pero ha servido de un buen repaso para todos.

¿Y ahora qué? Parece que hay un par de “chicos malos” que me plantean que frente a esta situación, teniendo en cuanta algunas cosillas que yo había desestimado en la preparación de la clase, ellos optarían por hacer otro plan, y no el que yo planteé que había que llevar adelante... La jugada que ellos proponen es la ubicación de un caballo en un lugar muy destacado, interesante y –vamos a aceptarlo- hace peligrar la posición del enemigo. Pero yo les insisto que el alfil parece más seguro, tiene un rápido retorno, y además la partida que estoy mostrando es de un campeón y él jugó así. Les pregunto por qué prefieren atacar con el caballo. Y los dos, me contestan que se sienten más seguros con el caballo que con el alfil.

No les puedo rebatir. Son sus opciones personales. En esa situación dada, el campeón eligió una estrategia, los niños proponen otra, que no es errada. Y además... ¿no tienen derecho ellos a elegir su propio plan, a construir su propio futuro, a ser efectivamente los protagonistas?

Pero, la cuestión se me complica más, cuando presento un problema a resolver (por ejemplo un jaque mate en tres jugadas) y los de nivel más bajo, encuentran la solución casi inmediatamente.

Para mi tranquilidad, Howard Gardner viene en mi auxilio con su teoría de las inteligencias múltiples. La lógica matemática (que parece ser el paradigma del ajedrez), no es utilizado a pleno por algunos estudiantes. Estos utilizan otras formas de inteligencia. La jugada que parece inverosímil, se transforma, a los ojos asombrados de la mayoría de los estudiantes, en la solución inequívoca. Y lo más increíble, explicada por los niños que juegan “menos”. Cuando pongo algunos de estos problemas, que apelan a otras inteligencias, siento placer al anunciar: “mate en tres ¡y a ver quiénes juegan menos!!”. He aprendido a reírme de estas “rarezas”. En realidad, no hay nada “raro”. Lo que hay es una disposición diferente de cómo resolver el problema. El pensamiento lateral, aparece aquí como único camino de resolución de determinados problemas.

¿Por qué cuando imagino un hombre en ascensor, lo imagino de 1,90 metros, de bigote, de unos cuarenta años, casado, y con toda una serie de atributos? Solo se ha mencionado que un hombre va en ascensor. Lo demás, es creación, y esa creación no nos deja ver una fácil solución a una determinada interrogante. Muevo el alfil tres veces. En los tres movimientos dejo “ahogado” el rey adversario. ¿Por qué saco en conclusión que “todo movimiento de alfil dejará el rey ahogado”? El método que empleamos “normalmente” no es una herramienta que nos ayude a resolver todos los problemas del ajedrez. Será necesario aplicar otras “inteligencias”.

Esta vez, el grupo es una fuente de ejemplos maravilloso para poder explicar cómo debimos haber analizado la situación. Ni inducción ni deducción, simplemente pensamiento lateral.

Este será el aporte de aquellos que “juegan menos”. Tratemos ahora de pensar diferente. De ver cosas diferentes. Tratemos de ver lo que no se ve.

Y en este juego de ocupar puestos de observador, el niño aprende a respetar al diferente, a querer al diferente. A saber que aquel que piensa distinto, es necesario, imprescindible. Al ajedrecista le cuesta poco ponerse en lugar del otro (está obligado a ponerse en lugar del otro para tratar de descubrir sus intenciones). En el aprendizaje grupal, esto puede ser utilizado hasta extremos increíbles (1). El ejercicio intelectual de intentar ver las cosas desde ángulos diferentes trasmite al niño y al joven, el respeto por el otro... porque el juego nos obliga a pensar como piensan otros. En este juego, nadie está discriminado. Todos aportamos- Y mi aporte es valorado, por lo tanto yo valgo, y si soy considerado por los demás... me siento seguro. En fin, el juego logra una mayor autoestima de los individuos que conforman el grupo.

En realidad lo que logran algunos niños, es imaginar un futuro diferente (un mundo diferente) a partir de ver lo que los demás no vemos, de percibir el estruendo del silencio, de percibir lo multicolor en el blanco puro. En fin, de percibir y actuar sin prehipótesis.

Y el ajedrez grupal es un universo increíble de variedades, que no debemos olvidar, menos aún ignorar, desestimar o menospreciar. Y esto no es impedimento para tener con cada uno de los estudiantes, un tratamiento “personalizado”, es decir, una propuesta que lo distinga de acuerdo a su característica. Cuando no logro diferenciarlos, no doy una clase, apenas realizo un monólogo en el que no hay aprendizaje.