LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

jueves, 4 de febrero de 2010

"Historias de una sola", el libro de Alfredo Sáez

"Es emocionante leer el libro de un amigo"

PROFE, TE TUVE EN MIS MANOS

Más de un año pasó para que tu libro cruzara el charco atlántico y llegara a mis manos. Luego algunas semanas para disponer del tiempo justo para disfrutar de su lectura, en algunos casos re-lectura, pues siempre he sabido de tus escrituras, no sólo conociendo así tu opinión sino también aprendiendo e incluso riendo contigo por tus ocurrentes comentarios, ya conocida tu manera de ser.

Tengo un rinconcito en Santa Ponsa donde tomo sol de invierno y me faltan ojos para ver el mar. Será que siempre vi un río y viví lejos del mar. No tiene la belleza de ese río que viene hacia nosotros desde el Brasil, ya lo sé, pero en su diferencia también transmite sensaciones.

Te tuve en mis manos profesor. Aunque sigo sin entender muy bien el título presté debida atención a la foto de tapa y se transformó en ese momento mágico donde la historia se hace sentir. Vaya historia que tiene Soriano, profesor. A vos te lo voy a contar.

El libro es grande, profe. La verdad que uno no lo puede sostener con una sola mano mucho rato y entonces la lectura debe hacer una pausa. Cuando cambio de posición a veces la vista se me distrae con mis patos de todos los días que pacientemente pescan su comida.

Parece un libro de historia no cronológico. Pero con la historia contada de manera diferente a los libros estudiantiles. Nueva forma de enseñanza podría vislumbrarse.

Me disponía a saltearme una de las primeras notas, referidas a los italianos en Mercedes. Pero como ya sabía que nombrabas por ahí un antecesor pariente mío, de los de la banda musical, quise volver a recrearme en ella por cuestiones de ego y esta vez le encontré la parte a la cual antes no le había prestado la debida atención.

Me acomodé nuevamente en mi banco, que es una ventana al mar. Volví a acomodar mis manos en los papeles porque sostenerlo cansa. Es que el libro es grande, profe.

Entonces aparecieron esas palabras que me identificaron. Todo lo que uno piensa estaba en la nota del Charo y así “re-copio”:

“el francés Montaigne en sus célebres “Ensayos” enseñó que no es motivo de vergüenza copiar si se comparte un mismo pensamiento. Copiemos, pues, siendo alegato compensatorio ofrecer al lector lo más hermoso que hemos leído sobre la vida y pasión del emigrante en la tocante e inolvidable prosa de Carlos Maggi: “somos hijos de una audacia inicial, de una inmensa desolación, de un pasmo pavoroso. Cuando alguien recibe el bautismo de un océano y queda solo y desamparado del otro lado del mar, este escalofrío se fija en su alma para siempre y secretamente lo irá transmitiendo a sus hijos y de éstos a sus descendientes. No se emigra por un ratito; se pone la totalidad del futuro en esa apuesta.

Cualquiera de sus actos –no sabe cuál- puede acarrearle la hostilidad de los demás. Una pregunta, un gesto, el modo de ponerse el sombrero puede dejarlo en ridículo. A todo debe hacer frente sin medios económicos, alarmándose cada día por hallar dónde cobijarse y qué comer.

Para un inmigrante la vida se hace combate, improvisación, defensa, hecho inminente. Los instintos se agudizan. Cuenta con muy poco: poco dinero, pocos conocimientos, pocos amigos, pocos parientes. Debe prevenirse y abundar en sospechas, debe vivir en estado de duda general. La suspicacia, la cautela, la astucia, son sus primeras defensas. Debe salir a ganar, para eso vino. Avanza a tientas o se entrega y muere. De esta experiencia total –atroz y deliciosa- nace lo que dimos en llamar “viveza criolla”, o sea la capacidad de tener buenos reflejos mentales.

El hijo de inmigrante o descendiente cercano no es más inteligente, pero se tiene algo así como mejor entrenamiento. Como en el fondo teme el engaño y la emboscada, busca el lado flaco del otro. La cachada nace de ahí. El cachador siente miedo que lo tomen por bobo. En el fondo la cachada es una venganza. El cachador piensa sin pensar: yo, hijo o nieto de aquel gaita bruto o de aquel cocoliche ridículo, ahora estoy adaptado y a mí no me hacen lo que le hicieron al viejo” (De “El Uruguay y su gente”, editorial Alfa).

Demás está decirte, Alfredo, que me enorgullece ser parte de tu libro, con la historia de los José y demás orientales. Es más, me siento honrado y emocionado. Te lo agradezco sencilla y sensiblemente. Gracias por contar conmigo, profe, como alguna otra vez también.

Anduve luego salteándome tus notas más para adelante, vuelta para atrás, porque no pude seguir el hilo de lo lógico. El Charo había alterado mi estado de ánimo y pasajeramente así, emocionado. No sé que se hicieron los patos mientras el sol caía.

Me faltan leer notas, Alfredo, porque el libro es grande, no me pidas que lo lea en una sola tarde. En pocas o muchas cosas tal vez no coincidamos pero la tolerancia y el respeto al pensamiento ajeno también guían mis pasos, como los tuyos, ya lo creo.

Pero te aseguro, profe, que te tuve en mis manos. Te toqué. Te diría que estabas sentado a mi lado. Tu libro es una perfecta continuación de tu persona.

Lo otro maravilloso es poder leer el libro de un amigo, escrito con pasión, sabiduría, sentimiento y rabia también. Creo que los mercedarios solemos ser comunicadores por naturaleza y nada mejor que un libro para expresar pensamientos y sensibilidades. Es posible que nunca puedas mejorar este regalo que me has hecho.

Decididamente Alfredo, tu libro es grande.

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