LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

miércoles, 13 de enero de 2010

"CARTAS" - "Marcelo" (relato 19)

En la foto estoy en la playita de Villa Soriano, sacada el mismo día en que conocí a Marcelo.
MARCELO
"Puerto de la Salud, a noviembre 27 del 2007, en la playita de las curativas aguas del Río que viene hacia nosotros.

Hablando solo lo encontraron. 12 años decía tener y pescaba a la orilla del río. Más correcto sería decir que intentaba pescar, aunque cualquiera diría que estaba jugando.
Un buzo viejo de lana roja, descolorido, servía para que un pescado grande y muerto se hamacara dentro de él. El niño estaba en cuclillas, metidos los pies en aguas levemente crecidas.
Cardúmenes de pequeñísimas mojarras danzaban junto al niño. En un ir y venir se metían en el buzo rojo, picoteando carne del pescado, herido fuerte en un costado.
El niño hablaba, quien sabe si a las mojarritas o al pescado. Quien sabe si hablaba sólo para él o a quien.
No le importó la llegada de un auto del cual una familia descendió para sentarse o caminar disfrutando de un paisaje bello en una soledad de inmensa paz.
La familia había estado enfrente, en el muelle, dejándose acariciar por el sol, escuchando los sonidos de la naturaleza, elogiando la tranquilidad de las aguas y el entorno de la muy noble, leal y valerosa. De vez en cuando comentaban del bello paisaje a su derecha, playita de la antigua villa. Hasta que allí marcharon, donde según se veía, nadie parecía estar.
Es que de lejos, efectivamente, el niño no parecía estar.
"Mi padre está en el cielo", dijo Marcelo. "Se subió a un árbol y se cayó".
El niño iba a la escuela, en dos días más cumpliría 13. Su abuela, ingresada en un hospital distante kilómetros, se había lastimado la mano.
De repente, el niño dejó buzo rojo y pescado muerto, corriendo unos pasos dijo que ahí se bañaba y se metió en las aguas. Sintiendo un poco de frío salió, cruzadas las manos en el pecho, chorreando agua de su apretado pantaloncito negro corto lleno de agujeros.
La familia seguía allí y la señora le ofreció un poco de comida picada con algo de pan. El niño se sentó en el pasto al cobijo del sol, la mirada fija comiendo y escuchando que algunos se acercaban dijo sin levantar la vista: "son mis amigos, aunque a veces me pelean".
El de la bicicleta pasó a sus espaldas bien cerca, como desafiando. Los otros siguieron de largo. Nadie dijo nada y Marcelo ni siquiera alzó su mirada.
Un par de veces rechazó de regalo un gorro. Ante la insistencia preguntó si realmente no lo necesitaban para finalmente aceptarlo y así entonces la familia se marchó.
El niño otra vez solo, aparentemente solo. Niño conversador con sus compañeritas mojarras, que conversa solo, jugando. Jugando en la naturaleza y solo, o con la naturaleza, sin la necesidad de modernos botones, (aparentemente), feliz.
Será difícil volver a encontrarse con Marcelo. Quien sabe cómo habrá pasado su día de cumpleaños."