LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

lunes, 7 de diciembre de 2009

"CARTAS" - "El Pianista" (relato 15)

Estaba pensando qué cosas escribir y no encontraba un punto en el cual apoyarme y mover la tierra.
A veces un solo detalle basta para escribir ríos de tinta. ¡Tantos niños muertos en las guerras! Los africanos que el mar escupe cadáveres mientras intentan llegar a una vida mejor. La cara feliz de un emigrante mientras disfrutaba del agua que salía de un grifo.
Esta mañana de sábado, dispuesto a entrar por vez primera en La Cartuja de Valldemossa, mezclado entre voces de mil lugares, se hizo presente el peso de la historia.
El convento, en sus orígenes residencia real, fue habitado desde 1399 por los monjes cartujos, hasta 1835, año de su exclaustración. Emplazado en lo alto de Valldemossa, con una torre estilo arábiga que se ve desde la distancia, uno se mete por el Carrer Uruguay, del hermoso, pequeño y típico pueblo mallorquín, que tiene vida turística propia y próspera gracias al pianista.
Por 1838-39 el convento fue el hogar de Federico Chopin. Buscaba aliviar su tuberculosis. Allí compuso, vivió su romance con George Sand, la escritora francesa.
Dejó manuscritos, leo notas, aprecio las partituras originales, indago datos de su familia, mensajes, retratos, una reproducción de su máscara mortuoria y de su mano izquierda, entro en la "celda" que habitó intentando imaginar el pasado y de repente, sus pianos, el mallorquín y el Pleyel que le llegó poco tiempo antes de su partida. Las teclas del piano del maestro están cubiertas, cuidadas, para que ninguna otra mano tenga la dicha de poder tocar siquiera una sola nota en el mismo teclado mágico. Así entonces, la bandera polaca vigila.
Por allá, en una sala de música, un piano de cola se exhibe imponente y majestuoso sobre una alfombra roja. Apareció después un pianista y dijo que interpretaría temas de Chopin, en pequeño concierto.
La música, melancólica, te invade y te lleva, luego está el peso histórico del lugar, impregnado todo por un arte genial.
Dicen en la Cartoixa y por todos lados que Chopin murió en 1849, a los 39 años, en París. No es de creer.
Todavía sigo sin tener el punto de apoyo para escribir esta semana. Pensé en garabatear unas letras sobre el pianista polaco y la mágica herencia que un hombre puede dejarle al mundo. Pero si así lo hiciera, sería el egoísta que se olvidó de los niños muertos de la guerra.