LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

domingo, 11 de octubre de 2009

"CARTAS" - "Un niño en los hombros" (relato 10)

"Un niño en los hombros (un recuerdo a los que caminaron)", evoca la marcha de obreros papeleros entre Mercedes y Montevideo, realizada en 1997.
Luis me dijo que él no los esperó.
Los trabajadores fueron a la lucha y decidieron realizar una marcha para dar a entender sus razones.
Saldrían de la ciudad caminando desde su sede sindical.
Algunos autos, el ómnibus gremial y cientos de personas comenzaron a andar a media mañana. Recorrerían tres cuadras para luego girar a la derecha y encaminarse por la gran avenida que a lo lejos desembocaba en la ruta. Esperaban a los caminantes 300 kilómetros de sudor y ampollas en los pies.
La gente del pueblo se acercó hasta el sindicato para despedirlos. Cuando el movimiento comenzó a aumentar más vecinos salieron a la vereda. Alguien dio la voz de salida y las banderas comenzaron a moverse guiando a los caminantes y a quienes los acompañarían algunos metros o algunas cuadras o algunos kilómetros, o que se pudiese, sacando fuerzas del corazón. Las nueve franjas y un sol eran guía. A su costado la verde y blanca sindical. Se arrimaron otras banderas, se arrimaron más familiares, más vecinos, más gente.
De las veredas comenzaron a escucharse voces de aliento, aplausos. Los caminantes vieron extendidas las manos del pueblo. Unos acercaron una bolsa de arroz, otras manos ofrecían yerba, otros fideos, hasta alguno alargó un dinero que seguramente necesitaría.
A cada paso la emoción creció, surgieron lágrimas, abrazos, despedidas, besos y gritos vivando la lucha.
Cuando los ya cientos caminantes giraron para encarar la gran avenida comprobaron la presencia de miles de hombres, mujeres y niños que habían salido a despedirlos.
El pueblo seguía extendiendo la mano y el que no tenía nada para ofrecer las golpeaba para aplaudir o alentaba a viva voz.
Las banderas continuaban altivas abriendo la marcha y cientos de hombres y mujeres continuaban su paso en busca de la ruta solitaria, empujados por miles de vecinos y una razón. No había margen para esconder el sentimiento. No existía nada capaz de medir la sensación.
Con el tiempo necesario Luis se acercó a la gran avenida para esperar el paso de los caminantes. Llevó a su pequeño hijo y esperó paciente. Vio como se acercaban más vecinos y decidió poner sobre sus hombros al pequeño. Al menos daría una voz de aliento, o quizás gritaría algo, o tal vez más tarde su hijo le preguntaría por todo aquello.
Luis estaba al borde de la vereda. La avenida se escondía un poco en bajada en su trayecto, perdiéndose de su vista.
De repente el murmullo comenzó a crecer, los aplausos sonaban más fuertes, las voces se transformaron en gritos, las puntas de los mástiles dieron paso a las banderas, las telas multicolores flameaban y se movían al ritmo de sus caminantes.
Luis comenzó a ver los hombres y mujeres que abrían la marcha, el abrazo, la mano extendida del pueblo y una columna obrera de paso firme.
Entonces se le hizo un nudo en la garganta, se abrillantaron sus ojos.
Giró y se marchó rumbo a casa. Con su pequeño hijo en los hombros de vuelta al hogar, escondiendo la emoción que lo vencía. Finalmente unas gotas resbalaron por su rostro mientras a sus espaldas, por la gran avenida, pasaba digna aquella columna obrera.