LA CANCIÓN DEL PARIA

"... y siempre voy vagando... y si algún día siente, mi espíritu, apagarse la fe que lo alumbró, sabré morir de angustia, más, sin doblar la frente, sabré matar mi alma... pero arrastrarla no" (O. Fernández Ríos)

lunes, 15 de mayo de 2017

REVOLVER

Mi mayor amiga la idealización me trae el recuerdo de hermosas etapas vividas.
Mi mayor enemiga la idealización me sugiere el retorno.

Las etapas vividas se revalorizan y la nostalgia invade libremente todo nuestro ser.

Aquí he vivido, en una naturalmente hermosa isla de sierra, llano y el mar. Un mar insinuante, sugerente, atrapante. El mar está en cada imagen de un momento feliz. Esconde en su belleza la tumba de miles que se atreven a cruzarlo a bordo de transparentes lágrimas de color. La marea sube a base de llanto.

Uno a veces se cansa de eso que llaman integración. Uno, tercermundista por definición original, sudaca sin recelos, que tiene que andar explicando sus cosas, siempre sale adelante en el desafío de cada mañana mediterránea. Y así lo hace porque es el único camino, porque está solo y porque la derrota se siente en la espalda.

Es más difícil retornar que emigrar. Todo cambió en realidad, lo nuestro es idealización.

Uno sonríe en cada imagen pública mediterránea y uno atrae silenciosamente la nostalgia hecha una canción que habla del sur.

Uno sabe que hizo las cosas bien. Uno pudo desarrollarse en familia, digna, seguramente. Feliz junto al mar.
Uno tiene grabadas en su mente las lágrimas de un abuelo cuando vio marchar a sus nietos felices. Uno ha hecho las cosas mal.

Nuestro futuro está hecho de recuerdos. Amigos y familia nueva acompañan. Uno a veces está solo igual.

Mi mayor enemiga la idealización me trae el recuerdo de hermosas etapas vividas.
Mi mayor amiga la idealización me sugiere el retorno.

A partir que emigras extrañarás siempre. Y si retornas también extrañarás.
De extrañar estamos hechos los orientales del Uruguay. De recordar. De volver a pasar por el corazón. 

miércoles, 10 de mayo de 2017

"CONTACTO CON SPENCER" por Emilio López Gelcich

CONTACTO CON SPENCER

Caminaba con el bolso marinero colgado en el hombro derecho, sujetando con la mano izquierda el portafolio. En la esquina puse todo en el suelo, respiré hondo, invertí la ubicación de la carga y continué la marcha. Finalmente llegué a la parada de autobuses y pregunté:
¿Aquí pasa el que va al aeropuerto?
No – contestó una mujer – en la siguiente.
Gracias – dije, preparándome para realizar un nuevo esfuerzo.
Pasaron diez minutos, del ómnibus ni noticias. Contaba con tres horas, pero el hecho de tener que presentar pasajes, documentos, y despachar equipaje me ponía nervioso. De pronto el coche apareció, pagué el boleto al conductor y ocupé un asiento que daba al pasillo.
Ojalá no suba mucha gente – comentaba en voz baja, mientras arreglaba mis pertenencias.
El lugar de al lado continuaba vacío, pero dado el ritmo de ingreso, seguro me quedaba poco tiempo para contar con los dos espacios.
No… No… No… – gesticulé varias veces, en tanto un hombre enorme se aproximaba hacia mí, y tuve que ceder el paso para que se sentara.
¡Que incomodidad!... Fue muy difícil reacomodarme, aquello era terrible, hacía mucho calor, faltaba algo más de media hora para llegar, y de seguro, con el correr de los minutos, aquel personaje transpiraría profusamente. Solo el recuerdo del moreno haciendo gambetas, mandando la pelota al fondo de la red, paliaba la situación. Y cuando se repetían demasiado sus jugadas, aparecía el rostro de Jenny recitando aquel poema lejano, vinculado al futbol. Esas imágenes me permitían soportar al monstruo híbrido, un tanto asexuado, que con gran parsimonia, desparramaba su adiposidad empujándome hacia la gente que viajaba de pie. Cuando divisé el aeropuerto sentí un alivio indescriptible, al diablo el hombrón, al diablo el calor, por fin podría respirar tranquilo, sin tener que soportar ese ambiente denso. Y fue antes de ingresar al edificio de partidas internacionales que recordé aquel gol de cabeza. Faltaban tres minutos para finalizar el encuentro y se produjo un tiro de esquina en el arco de la tribuna Ámsterdam. El centro vino servido contra el palo derecho, y en una fracción de segundo el moreno se elevó, colocando un frentazo que mandó el balón a lo más profundo del pórtico.
Alberto Spencer
Mercedes / 7/ 1986
Estimado Alberto:
Veinte años después quiero darte las gracias por todos los momentos inolvidables que me hiciste vivir. Tus amagues, esos saltos quedando suspendido en el aire… Fue debido a tu presencia en la cancha que logré superar trances amargos, y lo más importante, comprender la secuencia de la rima. Es que la posición de tu cuerpo y tu toque de pelota me explicaron, en la práctica, qué para iniciarse en la literatura es imprescindible entender la cadencia, la sincronización de frases que a veces, hasta en desorden, muestran el sentido armónico de hechos y situaciones que conjugan nuestro destino.
Un domingo en la tribuna bastaba para soportar toda la semana escuchando insolencias. El recuerdo de tus movimientos hacía posible olvidar los golpes, los atropellos, los baños con agua fría todos los jueves, en pleno invierno. Después vino lo máximo, tus goles contra el Real Madrid en el mismo Santiago Bernabéu… ¡Campeones del mundo!... Y aquellos versos en boca de Jenny, conformando un círculo concéntrico que me acompañó siempre: fútbol y poesía.

En el cielo las estrellas,
en el campo el girasol,
y en el medio de mi pecho,
la bandera de Peñarol.


En policía internacional entregué el pasaporte, el funcionario de turno lo miró un instante y estampó un sello que marcaba la fecha de salida del país. Luego coloqué el portafolio en una cinta ancha que pasó por la máquina de rayos X. Dos funcionarios observaban una pantalla, solo aparecían papeles, lápices, y alguna tinta correctora, por lo tanto no hubo reparos. Antes de trasponer el detector de metales pregunté si borraba disquetes o videos, me respondieron que no. De pronto la alarma sonó, llevaba monedas y unas llaves, las mostré y me dijeron que pasara. Sin darme cuenta, mientras caminaba a la sala de pasajeros en tránsito comencé a cantar aquella canción dedicada a mi pequeña amiga de antaño:

Recuerdo tu nombre Jenny…
Tu primer redacción…
Linda flor que en la infancia,
mi dolor perfumó.

Me senté en un sillón, aún faltaba media hora para embarcar. Dos aviones del puente aéreo partían a Buenos Aires, otro a Río de Janeiro con conexiones, y el mío se dirigía a Santiago de Chile. De pronto me puse de pie, subí una escalera y visité el Duty Free. En el sector de los licores resaltaba una oferta de whisky. Cuando salí me dieron ganas de ir al baño. Entré, me miré en un espejo, no había nadie, me pareció que algo estaba mal y volví a la puerta, decía DAMAS.
¡Otra vez en las nubes! – Recriminé en voz baja – ¡Que idiota!
El de los hombres estaba justo al lado, por lo que ingresé de inmediato. Me disponía a salir cuando se escuchó el llamado a embarcar. Caminé con mi pase a la puerta indicada… Entré al avión, puse mis cosas en la bodega superior para equipajes de mano, y observé que uno de los líderes políticos de la nación estaba a punto de sentarse tres filas atrás. Me quedé un instante observándolo… – Permiso – dijo una señora que se dirigía a su asiento. – Disculpe – respondí, dejándola pasar. Ya sentado me coloqué el cinturón de seguridad mientras una azafata llevaba a cabo las instrucciones de rutina. Posteriormente el capitán informó sobre la duración del vuelo y la nave comenzó a moverse en la pista. Cuando estábamos en el aire me di vuelta varias veces, observaba al líder con admiración, pensaba en sus años de presidio, en lo que representó y representa toda la tragedia de aquellos tiempos violentos. Luego miraba a la señora que iba a mi izquierda sorteando las páginas de un diario, seguramente buscando cosas que le interesaran, pero al parecer no había nada, pues llegó al final y lo colocó en la abertura que hay atrás de cada respaldo de enfrente.
¿Sería tan amable de prestármelo? – le pregunté.
Por supuesto – respondió.
Yo en realidad no sabía si quería leerlo, pero el hecho de distraerme me llevaba a buscar en las páginas cualquier información en la sección deportiva. Colocolo había empatado con Flamengo en Río de janeiro tres minutos antes del término del encuentro; estaba la foto de la anotación, un hermoso gol de cabeza. De pronto las asistentes de vuelo llegaron con el carro de la comida, bajé la mesa portátil y colocaron la bandeja con alimentos.
¿Qué desea beber señor? – preguntó una joven con la cabellera tomada desde atarás con un broche.
Vino tinto por favor – respondí.
Cuando pedí un segundo vaso ya estaba pensando en los guiones que debía entregar a la productora. Ojalá los aceptaran, ya que de ello dependía la realización del programa y mi estabilidad económica de los próximos meses.
¡Basta! – Dije – tengo que relajarme, todo saldrá bien, y si no es así, tampoco se va a terminar el mundo.
¿Café o té señor? – Era la azafata que portaba dos jarras de metal.
Café – respondí.
Y mientras lo tomaba, nuevamente la imagen del moreno comenzó a delinear con su cuerpo la estructura clásica de un soneto. Partía de la mitad de la cancha hamacándose hacia un lado, volcándose hacia el opuesto, amagando dos veces, para finalmente eludir al marcador de turno por donde había iniciado la maniobra. De esa manera, repitiendo la acción, diagramaba los dos cuartetos. Llegando al área rival acentuaba los movimientos, entonces daba la idea de lanzarse por la izquierda, pero se volcaba a la derecha, y finalmente, cuando el contrincante se disponía a quitarle el balón por ese lado, quebraba magistralmente el cuerpo, evadiéndolo por el lugar en que había iniciado el movimiento, rimando así la primera con la última secuencia. Ante una nueva marca repetía la acción, segundo terceto, luego se dirigía al arco contrario para marcar otra anotación en su amplio historial deportivo.
Por los parlantes una voz anunció que nos aproximábamos a la Cordillera de los Andes. El tiempo era bueno y en el lugar de arribo había una temperatura de veinticuatro grados. Nuevamente me di vuelta para mirar al líder, se veía muy bien, a pesar de todo, su cuerpo seguía erguido y su rostro mostraba esa sonrisa natural, espontánea, que llevan los hombres que han cumplido con sus designios. En ese momento acudieron a mi memoria los rostros de Ana, compañera en el liceo, de Isabel, de Julio, que a partir del mil novecientos setenta y tres fueron detenidos por la dictadura. Ana estuvo catorce años presa, Isabel algo más, en cuanto a Julio, es uno de los desaparecidos. Ante esas imágenes que me angustiaban, volví a entonar la canción dedicada a mi amiga de la infancia.

Recuerdo los dos renglones,
vivaces ojos, pequeña voz.
Recuerdo aquel dibujo,
con los dos árboles,
tu redacción.

Siempre fue la mejor de la clase, la más inteligente, sus composiciones eran concisas, perfectas. En dos líneas sintetizaba sus pensamientos, logrando cautivar tanto a maestros como a compañeros de curso.
¿Cómo estará ahora? – A menudo me pregunto. Pero es mejor no saber nada y guardar su imagen de pequeña, que junto a los goles de los domingos fueron lo único dulce de mi niñez.

Recuerdo tu nombre Jenny,
por eso esta canción,
linda flor que en la infancia,
mi dolor perfumó.
Alberto Spencer
La Cordillera de Los Andes quedó atrás, nos preparábamos para aterrizar en el aeropuerto Toribio Merino Benítez (Santiago de Chile), los respaldos de los asientos estaban verticales y habíamos ajustado los cinturones de seguridad. De pronto se sintió el ruido que hacen las turbinas para disminuir la velocidad. El avión tocó tierra, se acercaba el momento de saludar al líder político. La voz del parlante agradeció la elección de la compañía, nos dijo que esperaban volver a vernos, y luego solicitó que esperásemos que la nave se detuviese completamente para abandonar los asientos. Miré hacia atrás, el líder estaba pronto para incorporarse.
Debo esperar un poco – me dije – en lo posible dejarlo pasar y ponerme atrás, para luego abordarlo.
Quien ocupaba el asiento a mi lado quería sacar sus bolsos, me puse nervioso, logré mantenerla a raya un momento, pero no tuve más remedio que levantarme. Caminé lo más despacio posible, percibía la presencia del líder político, cuando traspuse la puerta del avión saludé al personal de vuelo, el plan finalmente se desarrollaba a la perfección. Comencé a bajar la escalera, dos autobuses esperaban a los pasajeros, aminoré la marcha, debía asegurarme de que subiésemos al mismo coche, ese era el lugar ideal para el encuentro, además el recorrido duraría unos minutos. Sentí un aire de triunfal en mí entorno. Y fue entonces que miré hacia un costado y vi un hombre de chaqueta azul, con un bolso de cuero. Lo seguí con la mirada, percatándome de que era negro, espigado, físico atlético, con algunas canas.
Increíble – me dije. – ¿Será Spencer?
El moreno recorría el pasillo del autobús, yo iba atrás, tratando de descubrir si en realidad era quién parecía ser. Una mujer de pelo rubio se colocó a su lado, yo me paré justo enfrente, despejando toda duda. Era Pedro Alberto Spencer. Los ojos se me humedecieron, tuve que hacer un gran esfuerzo para controlarme. Solo atiné a mirarlo, gozando de esa presencia mágica que indicaba el cierre de una etapa de mi vida. De pronto levantó la vista y me miró. Quedé inmóvil, hasta que guiado por una extraña fuerza le dije:
¡Si habré gritado tus goles!... ¡¡Si habré gritado tus goles!!
Me alegro – respondió con una voz que sinceramente no recuerdo.
Al despedirnos sentí un poco de vergüenza, no estaba preparado para asumir aquel contacto. El ómnibus se detuvo y todos comenzamos a descender. Pedro Alberto Spencer caminaba adelante con esa señora que seguramente era su esposa. Se pusieron en una de las filas para chequear el ingreso al país, yo continuaba observándolo. En ese momento recordé al líder político, seguramente estaba en algún lugar del aeropuerto. Con el brazo en alto hice un adiós tan sentido como simbólico. Spencer mostró su documentación y se perdió de vista…

Santiago de Chile 21 /11 / 1996
Estimado Alberto:
No sé si agradecerte a vos o al destino el hecho de que aparecieras en etapas tan distintas de mi vida. Me parece increíble que desde una tribuna en ese estadio declarado monumento al futbol por haberse disputado la primera copa del mundo, me dictases las cátedras más sutiles de literatura. La poesía estaba en tu técnica atildada, sincronizando el compás de los textos escritos en verso. En cuanto a la prosa, se fue dando conjuntamente con tu leyenda, en el hecho de destacarte sin dejar de lado jamás la armonía del juego colectivo, encantando multitudes con o sin el balón, acaparando la atención como un personaje literario de géneros diversos. Luego tu vida extra futbolística. Diplomático de alto rango en la embajada de Ecuador, donde conjugaste siempre deporte y cultura. Tú lucha incansable por la vida ante esas dolencias cardíacas, donde le hiciste gambetas a la muerte, ya que tenías que seguir siendo un símbolo vivo. Apoyaste a grupos de enfermos del corazón realizando demostraciones deportivas, o con tu solo acto de presencia. Cuantas jugadas Alberto, que como escribió Bertold Brech, estas entre quienes luchan siempre, los imprescindibles.
Al estrecharte la mano, una persiana oculta bajo mis párpados se cerró, tú accionaste el fantástico mecanismo. Pero tengo la certeza de que en ese mismo instante se abrió nuevamente el telón de ese escenario privado que es uno mismo.
No hay texto alternativo automático disponible.
Emilio López Gelcich
Epílogo
Tres años después, debido a circunstancias que no vienen al caso, el cónsul de Ecuador en Uruguay me invitó a su despacho. A las once de la mañana llegué a las oficinas consulares, ubicadas en un edificio del sector de Pocitos. La secretaria me invitó a sentarme y así lo hice, dispuesto a esperar, pero casi de inmediato Pedro Alberto Spencer salió de un salón pidiéndome que pasara. Esta vez sí conversé con él por un espacio de tiempo, hablamos brevemente del relato y sobre todo de algunos pasajes de su historia. Al despedirnos lo miré a los ojos satisfecho, agradecido ante las dos oportunidades que me brindó el destino.
Ana e Isabel son personas reales con los nombres cambiados, y hasta fines del siglo XX al menos, continuaban viviendo en Mercedes, vinculadas al rubro del comercio.
Julio, también con nombre ficticio, continúa desaparecido, siendo una de las víctimas de los cruentos golpes de estado que en los años setenta asolaron América Latina.
En cuanto a Jenny, cuyo nombre es real, la última vez que estuvimos juntos fue en Montevideo, ambos teníamos diez años de edad.






lunes, 9 de enero de 2017

LA DILIGENCIA EN MERCEDES, SORIANO Y URUGUAY

LA DILIGENCIA EN MERCEDES

La comunicación mantenida con el Sr. Juan Francisco Bacigalupe, carmelitano radicado en Montevideo, nos permite conocer una página de la revista “Mundo Uruguayo” de julio de 1937:
“Antiguos medios de locomoción. Diligencia de Mercedes a Dolores, único medio de locomoción para viajeros, que desde 1890 a 1920 fue dirigida por “Antolín”. Cuarteador de esta diligencia, Antolín González, radicado actualmente en Carmelo, ganó desde 1890 al 97, $ 2.50 mensuales. Mayoral del año 97 hasta 1920, a pesar de su reconocida pericia, sólo percibía un sueldo de $ 20. “Antolín” añora aún aquella época en que su látigo y su voz hacían resoplar a la caballada de la diligencia”.
Indagamos algunas páginas que relacionan a Mercedes con este tipo de locomoción:
MONTEVIDEO-MERCEDES EN TRES DIAS (1856)
Tomemos como fuente a Carlos Echinope Arce:
“La diligencia demoraba tres días en el recorrido Mercedes-Montevideo. Salía de Montevideo los días 5, 15 y 25 de cada mes a las 5 de la mañana y de Mercedes hacia la capital del país los días 10, 20 y 30 a la misma hora. Pasaba por la Villa de San José.
Precios de los pasajes: de Montevideo a Mercedes y viceversa: 12 patacones. De Montevideo a San José y viceversa 4 patacones (640 reis), de San José a Mercedes y viceversa 7 patacones (460 reis).
Se admitían 20 libras de equipaje a cada pasajero y se cobraban 80 reis por el excedente.
La Agencia se encontraba en calle Uruguay Nº 25.
Nótese el uso de la moneda brasileña en 1856. La moneda nacional comenzó a circular en 1840, pero por muchos años circuló moneda extranjera con poder cancelatorio”.

MERCEDES – DOLORES
Alvaro Kröger, sobre un texto de José María Fernández Saldaña nos cuenta:
“… en la última etapa sólo en las dimensiones y en la conformación del techo que sostenía la baca diferían las diligencias de un “breack” grande, con sus asientos largos bis a bis y su única puerta trasera.
Así era la que me condujo de Mercedes a Dolores en 1908, por el mismo camino que en 1868 recorrían las diligencias de Tomás Lozano, saliendo de Mercedes los días pares y regresando de Dolores los impares”.

“… Hacia el oeste tomaban las diligencias de Mercedes, que constituían la rama principal, haciendo escala en Colorado, Santa Lucía, San José, Guaicurú, El Perdido y Corralito.
En Mercedes había un coche que salía los martes y viernes para Fray Bentos ajustando con el itinerario de los vapores de Salto.
La empresa de Menéndez y Leyva hacía semejante recorrido y mantenía idéntica combinación”.
EN DILIGENCIA A MERCEDES
Del libro “En la Banda Oriental”, de Hermann Burmeister (naturalista, paleontólogo y zoólogo nacido en 1807 en Prusia y otras biografías lo sitúan alemán y radicado en Argentina, donde se le ofreció la dirección del Museo Público y fue fundador de la Academia de Ciencias Naturales de Córdoba. Entre sus publicaciones:
“Historia de la creación” (1843), de pensamiento anti Darwin, recorrió buena parte de América del Sur).
“DE CONSTRUCCION ABSOLUTAMENTE EUROPEA”
“… frente al Rincón, a orillas del río Negro, se encuentra la pequeña ciudad de Mercedes, meta de mi excursión.
El 15 de diciembre viajé rumbo a Mercedes. En estas regiones existen cuatro maneras de viajar: como simple jinete con una bestia de carga y un sirviente; en coche, ya sea en cabriolé o en la diligencia y en lentas carretas tiradas por bueyes. Por varios motivos debí escoger la diligencia, que recorre la distancia desde Montevideo a Mercedes en tres días. Se recorren cuatro a cinco leguas hasta llegar a determinadas postas, allí se cambian los caballos y en una de ellas, preparada para tal fin, se pasa la noche. En estas postas se brinda al viajero un lecho, una buena cena y también el desayuno.
En las provincias argentinas no se encuentran estas comodidades. La estancia de la posta destinada a los pasajeros es en la mayoría de los casos un establo vacío y a lo sumo tiene algunos catres, una mesa y un par de sillas, pero la cama debe llevarla consigo cada viajero y pagar bastante por su transporte. Las comidas son malas y mezquinas y casi no se consiguen bebidas. El vino, el té, el café y todos los alimentos que se desee tomar con excepción de la carne, quedan a cargo de las propias provisiones del viajero.
La diligencia en la que reservé mi lugar era de construcción absolutamente europea; una sólida carroza con cabriolé y cupé con capacidad para doce personas. Siete caballos: cuatro en la primera fila uno junto al otro, dos adelante y uno en la punta tiran del carruaje y lo llevan sobre piedras y troncos a vertiginoso galope. El caballo de la punta va montado por un peón al igual que el último de la izquierda. Un jinete que galopa junto al carruaje fustiga de tiempo en tiempo a los caballos con un látigo largo y al mismo tiempo conduce una docena de caballos sueltos que se tienen siempre a mano para reemplazar a los de tiro al cabo un de un par de leguas”.
“LAS DILIGENCIAS ALEMANAS NO TIENEN NOCION…”
“Así se va por valles y colinas, a través de ríos y arroyos sin demora hasta que al cabo de dos o dos horas y media se llega a un rancho donde se cambian los animales y se puede tomar un refrigerio. Por lo general, ese rancho suele ser un local de venta de todas las mercaderías necesarias para el campo, desde telas para vestidos, arreos para caballos, implementos agrícolas, platos, copas, cuchillos y tenedores a aguardientes, vino y golosinas secas. En uno de los extremos de la casa hay un escaparate protegido del sol por un toldo, debajo del cual se encuentran a ambos lados bancos de tierra para descansar. Allí se adquiere cuanto se necesita y se puede conseguir.
En una hora se recorren 2 a 3 leguas, de manera que en un día se hacen 20 a 25 leguas, o sea 12 a 15 millas alemanas, unas dos millas por hora. Las diligencias postales alemanas no tienen noción alguna de la velocidad con que se hacen estos viajes. Una milla cada hora es la velocidad máxima que se espera de un postillón imperial prusiano y si llega con antelación se le castiga. Por supuesto, en Europa los caballos no se desploman sin vida en el camino, lo cual no es raro en este país. Al mismo tiempo, no hay vestigio alguno de carreteras bien trazadas. La senda por la cual se marcha es una vía trazada sin arte alguno, a menudo sin ninguna huella. Se extiende sobre la superficie natural como viene. Cuando uno se asoma por la ventanilla del carruaje cuesta creer que se puede transitar por semejantes caminos. Por cierto, no hay troncos y piedras como mencioné anteriormente a modo de metáfora. La leña escasea en el país y los guijarros sólo aparecen en la cercanía de las cuchillas o en algunos arroyos, pero no en las praderas que son usadas como pasturas y como calles. Sin embargo abundan las
irregularidades del terreno sobre las que la diligencia vuela a galope tendido, mientras en su interior los pasajeros se bambolean de aquí para allá al punto de perder todo sentido. Por una empinada cuesta la desatada horda se precipita al río. Por todas partes salpica el agua y la loca carrera convulsiona la corriente que se cubre de espuma. Con la misma frenética velocidad se asciende por la orilla opuesta del río en medio de la gritería de los cocheros y el restallido de los látigos. Las pobres bestias bregan con terrible esfuerzo y no es raro que alguna caiga muerta en el lugar. Ningún cochero alemán consideraría posible semejante viaje. No obstante, en estas latitudes se realizan a diario sin que haya quejas. Nadie se preocupa por los pobres animales ni contempla sus sufrimientos. Quien osare exteriorizar sus pensamientos al respecto, se expondría a la risa y las burlas de los presentes que lo tomarían por demente. El peón flagela a los caballos con indignante indiferencia, cuando aminoran la marcha extenuados por el esfuerzo o se detienen. Con sus grandes espuelas, cuyo diámetro es el del platillo de una taza de té, lo espolea en los flancos con tanta brutalidad que le hace manar sangre y le arranca jirones de piel. Nadie da muestras de compasión. El dueño sólo piensa que la pobre bestia es su propiedad. Pagó por ella y en consecuencia tiene derecho a torturarla hasta causarle la muerte si se niega a obedecerlo. Su religión le enseña tener compasión por los seres humanos porque están bautizados, pero no por los animales que no han sido rociados con agua bendita. A su juicio, fueron creados por Dios para ser atormentados”.
“MILLARES DE OVEJAS DISEMINADAS…”
El viaje en diligencia Montevideo-Mercedes le permite describir lo que ve. Entre otras cosas:
“La primera jornada de viaje de Montevideo a San José es la más entretenida, pero no la más importante para el naturalista. Se sale de la ciudad antigua pasando por el mercado y por una escarpada ladera peñascosa situada a mano izquierda donde no hay aún ningún camino trazado, se baja a la orilla de la bahía que aparece rodeada por una vasta y lisa playa de arena, sobre la cual como sobre una pista natural, algunos jinetes adiestran a sus caballos o juegan pequeñas competencias. A la derecha, sobre una costa arenosa, algo elevada, aparece una hilera de casas de mal aspecto, en su mayoría tabernas frecuentadas por gente ordinaria. A la izquierda se extiende la superficie de la bahía y en el fondo se eleva el cono regular de unos 160 m de altura del Cerro de Montevideo. Frente al mismo emerge de la bahía la pequeña Isla dos Ratos donde funciona el establecimiento de cuarentena…” “…los rebaños componen la principal posesión de un terrateniente oriental: numerosas cabezas, cien a quinientas término medio, pero hay ganaderos cuya hacienda comprende dos mil y más cabezas y éstos de manera alguna se cuentan entre los más ricos. Cualquiera sea la dirección de la mirada se ven sobre los campos las masas de varios colores, semejantes a típicas franjas manchadas que dan prueba concluyente de la inmensa cantidad de animales de tiro y de matadero que son criados en las llanuras de la Banda Oriental. Millares de ovejas diseminadas en las vastas praderas comparten en apacible calma los pastos con los caballos y las vacas, pero sin mezclarse con ellos. Cada animal se asocia con los de su especie. Se separa de las otras y les deja pastorear sin molestarlas. De ordinario, el ganadero rioplatense sólo se dedica a la cría una sola clase, pues no se puede explotar las tres con buenos resultados parejos. Sólo cría caballos, vacunos u ovinos y mantiene tantos ejemplares de las otras dos clases como lo que le son menester para su propio uso…” “… la mujer también ostenta su frescura sólo de los doce a los dieciséis años de edad y luego decae el encanto de la juventud, reemplazado por una típica actitud sin alma, sin vida, cuya vacuidad llama enseguida la atención del extranjero acostumbrado a alternar con las damas. Su principal deseo es contraer matrimonio lo antes posible y
aquel con quien ya no es posible, pierde todo valor a los ojos de la mayoría de las jóvenes damas. Por esta razón no desperdician su tiempo acercándose y hablando con él. Detrás del pueblo, los cercos…”
MERCEDES – FRAY BENTOS
Los barcos que hacían la carrera Salto-Buenos Aires comenzaron a detenerse en el puerto de lo que luego sería Fray Bentos. Se establece entonces en 1857 una línea de transporte por diligencias con Mercedes. Se hacía diariamente y los viajeros se embarcaban en los pailebotes o para continuar viaje hacia Gualeguaychú, Argentina. Funcionaba la posta de diligencias y hostería de Pons y Florenza. Fray Bentos nacería luego con el nombre de Villa Independencia en 1859.
DILIGENCIAS EN EL CRUCE DEL RIO NEGRO
Del libro “Para una historia de Los Arrayanes” de José Olazarri, en su capítulo IV “Cuando nace el Uruguay”: “Pasaron tres décadas y como el cargo de Maestro de Postas del Correo se transmitía por herencia, Bernardino García Cuadra lo dejó a su hijo Juan Bruno Cuadra y Montes de Oca, a quien le sigue su sobrino Antonio Peralta. Esto se modificó luego, el gobierno, ya oriental, comenzó a rematar el usufructo del paso. Lo obtuvo Luis Meirelles de Castro en 1853, cobraba por el servicio de balsas los siguientes precios: …”
“Meirelles de Castro se desempeñaba como agente de embarcaciones fluviales y en su declaración de impuestos del año 1860, aparecen cinco barcos de su propiedad y también como “dueño de diligencias”, sobre lo que seguidamente nos extenderemos:
En 1852, inmediatamente de firmada la paz que dio término a la Guerra Grande, se organizaron los primeros servicios para el transporte de pasajeros, desde Montevideo. La empresa más importante era la “Compañía de Mensagerías Orientales”, acompañando el aumento de población en el interior del Uruguay, distribuía el correo con cinco carreras principales de diligencias que tenían su centro en Montevideo. Una de sus terminales se ubicó en Salto, cruzaba por el litoral del río Uruguay. Se establecieron postas –una de ellas en el paso de Mercedes, margen derecha del río Negro- a lo largo de los caminos que recorría. Se hallaban separadas por distancias de hasta 50 km, y era el lugar donde se recambiaban las tropillas y si era necesario, dando posada a la noche. Allí vivía un encargado con su familia, casi siempre en ranchos de adobe y techo de paja, con algunas habitaciones. En un espacio común estaba el fogón con calderas, ollas y asador, donde se recibía y daba de comer a quienes cruzaban…”.
LA PRIMERA EL 22 FEB. 1857
“…Los carruajes eran grandes, de cuatro ruedas, a veces divididos en un par de ambientes, con varios asientos, ventanillas y pescante, tirado por 4 o 5 yuntas de caballos. Cuando llovía mucho y los caminos se volvían barro, se le sumaba las cuartas. El vehículo podía transportar hasta 8 o 10 personas y carga, en el techo se transportaban los bultos mayores. Lo dirigía un mayoral a quien acompañaban dos peones, uno era el cuarteador. Aquel era responsable de la correspondencia una vez establecido el sistema regular de correos, y avisaba con un toque de corneta, su llegada a la posta.
En la establecida por Meirelles de Castro, con el costo del pasaje de 6 patacones, podía transportarse sin cargo 20 libras de equipaje (9 kg, la libra equivale a unos 450 gramos). La primera que unió regularmente Mercedes con el puerto de Fray Bentos –recién nacía con el nombre de Villa Independencia- corrió el 22 de febrero 1857. En combinación con los vapores antes mencionados, “salen del otro lado del río los mismos días a las 10 de la mañana. Para pasaje de diligencia ocurran al Sr. Cames (Confitería
del Comercio en la plaza)...” Ese “otro lado del río” es sin lugar a dudas Los Arrayanes, y su destino el atracadero que en dos años, pasó a ser el eje de la nueva población fundada en las costas del río Uruguay.
Su destino se extendió a Gualeguaychú en Entre Ríos con la que había fluido comercio. Aunque población de alguna importancia, estaba tan poco organizada que usaba la cárcel de Villa Soriano para sus presos. Y en el caso de fallecimiento, se mandaban los cajones desde Mercedes donde se organizaba el servicio fúnebre, aquellas población carecía de empresas en el ramo.
Mientras tanto no todo era fácil para Meirelles, entre otros tuvo problemas con Manuel Pereyra, que en marzo 1861 cruza “peones, familia y maderas para la población que está haciendo del otro lado del río Negro. No se ha podido cortar dicho abuso pese a las advertencias“. Meirelles se dirigió al Capitán del Puerto a fin de detener las dos embarcaciones del antes mencionado, lo que así se efectuó. Lo citamos, porque de acuerdo a lo expresado, Pereyra sería uno de los pobladores pioneros en la zona de Los Arrayanes o sus inmediaciones. En el mismo año el vecino Antonio Basté, que ejercía el cargo de “Delineador” de la ciudad, solicita un terreno en calles de las Artes (actual Colón) y De la Ribera (avda. Asencio).
El permiso de Meirelles caduca en 1864 y es entonces que Basté al año siguiente, instala un hotel y a la vez una balsa (12), monopolizando el uso del muelle Treinta y Tres para cruzar pasajeros y dar hospedaje a quienes lo requirieran, logrando así un doble beneficio. Cobraba un real por persona y otro a cada caballo, pero con los pasajeros de las diligencias “se arreglaba convencionalmente”. Llegamos a noviembre 1867, cuando Pedro Henríquez Peña y otros se quejan que Antonio Basté ha tomado como suyo el muellecito de piedra de pasajeros, privando del servicio al público que colaboró para hacerlo. Agrega que: “la piedra fue sustraída del campo de mi propiedad sin mi consentimiento, no arrancada sino levantada de un muelle que allí había, y del que quedan aun algunos restos… de lo que no reclama por ser eso en beneficio público y no particular… Quiere ser solo para imponer el precio de su pasaje. A Basté sólo le interesa atraer los pasajeros de las diligencias a su fonda” (com. pers. Esc. Alfonso Arias)...”

AUTOMOVILES POR DILIGENCIAS, 1911
En trabajo independiente que complementa su libro sobre Los Arrayanes, José Olazarri agrega:
“Tres recopilaciones de Emilio Hourcade Leguísamo sobre el río Negro de la prensa mercedaria entre 1857-1892, 1910 y 1930, arrojan nuevas luces sobre dicho lapso para lo que fuera escrito en “Para una Historia de Los Arrayanes”, de nuestra autoría. En ellas se refleja que la calidad del servicio de balsas del río Negro era discutida, por más que se vislumbran otros intereses de acuerdo a la tendencia politica de los medios, en épocas de resentimientos y aun odios partidarios. Igualmente aparecen sucesos que muestran otros tiempos y situaciones, que seguidamente transcribimos, y que por desconocerlos, fueron omitidos en su momento.
A ello podemos agregar lo sucedido con la aparición del automóvil que se iba popularizando rápidamente como medio de transporte para pasajeros. Pero fue recién el 1º de julio 1911, que se proyecta un “Servicio de automóviles” 5 en sustitución de las diligencias, entre Mercedes y Fray Bentos que según lo que en párrafos siguientes se narrará, en pocos meses fue efectivizado. Por los años ´20 comienzan las polémicas sobre las balsas que cruzaban el río Negro, aun no estaba el puente de ruta 2.
Las escolleras merecen unas líneas, tanto se repite equivocadamente sobre la construcciòn de las mismas, que tuvieron como fin tareas de personal del Ministerio de Obras Públicas procurando mayor navegabilidad del río, siempre con problemas en el estiaje. Y finalmente agregamos una descripción poco conocida de un paseo a la Fuente que ya llevaba el nombre de Asencio en 1946, antes Chaná, y que es sin dudas un verdadero emblena para Los Arrayanes, hoy convertido prácticamente en un barrio de Mercedes, si bien con autonomía mayor y dependiendo del Departamento de Río Negro...”

LAS DILIGENCIAS
“…El 27 de octubre 1857 llegó esta nueva diligencia destinada a la conducción de pasajeros de Mercedes a Fray Bentos, y viceversa. Los numerosos pasajeros que de Gualeguaychú se dirigen a este punto tienen hoy un medio de efectuarlo por muy poco dinero, con comodidad y prontitud. El viaje de M a G se hace yendo hasta FB en la diligencia y atravesando luego el Uruguay y río Gualeguaychú con un total de 6 o 7 horas. La nueva diligencia es nueva, liviana, fuerte, con capacidad para ocho personas”, según el periódico Río Negro, 29/10/1857.
Hallamos además este aviso en la prensa de Mercedes, febrero 1875: “Empresa de Diligencia Fugasa y Shulze. Desde el presente mes queda al servicio público una diligencia, perteneciente á la razón social arriba mencionada. Hará la carrera diariamente, de Fray-Bentos a las 6 de la mañana para Mercedes y de Mercedes a la 1 de la tarde para Fray-Bentos. El precio del pasaje vale un peso; las encomiendas convencional. Los vecinos que necesiten caballos como para ir hasta el saladero Bopicuá, en la posta de esta Diligencia los tendrán por un módico precio. Agentes: en Fray Bentos D. Octavio Rupprech, en lo de D. Bautista Tatti. En Mercedes Fernandes y Díaz, y en lo de Basilio Chelle. Mercedes Febrero de 1875”.
LAS POSTAS DEL CORREO
De la historia del Correo surge:
“En los años que siguieron, hasta nuestra independencia, los progresos del servicio de correos fueron muy escasos, variando poco su organización colonial, no llegaban al interior sino solo a Buenos Aires. La lucha contra los ingleses, españoles y portugueses desplazaron la atención hacia otros fines de interés vital.
El establecimiento del Correo Nacional en realidad comienza con el nombramiento del primer Administrador General de Correos de la Provincia, realizado
el 21 de diciembre de 1827. Es verdad que con anterioridad había personas encargadas de la conducción de correspondencia, tales eran los maestros de postas y postillones, en su mayor parte designados por jefes militares y a las órdenes de los mismos, los cuales prestaban servicios de acuerdo con las necesidades del ejército. Era un organismo rudimentario sin normas fijas, falto de centralización y regularidad. En la misma época se redactó un reglamento provisional para las postas de la Provincia.
El día 1º de enero de 1828 abre sus puertas por primera vez en Montevideo la Administración General de Correos, En setiembre de 1829 se fijó una tarifa que comprendía: correspondencia común, impresos, certificadas, encomiendas y dinero. Por un decreto de noviembre del mismo año fueron sacadas a licitación 133 postas, correspondientes a los nueve departamentos de la República, más 7 que funcionaban entre Salto y Bella Unión. Se establecía un contrato por el término de tres años, por el término de tres años, siendo obligación sostener para cada posta 50 caballos de silla y de tiro para el servicio del Estado y los particulares.
No se crea por ello que durante esos años no hubo que vencer enormes dificultades, los servicios se cumplían con grandes sacrificios. Los maestros de postas renunciaban a sus cargos, pues su penoso trabajo no era remunerado con regularidad, se les adeudaban cuatro y hasta cinco años de sueldo, llegándose a situaciones extremas por no haber personas que quisieran desempeñar tareas tan ingratas y poco lucrativas. Para subsanar las deficiencias mencionadas fue menester utilizar soldados de la Policía. Las administraciones de los pueblos sufrían el mismo mal, con frecuencia no se encontraba persona que las tomara a su cargo gratuitamente.
Por razones de economía en enero de 1832 el Correo pasó a ocupar un nuevo local, siguiendo ese tren de reducción de gastos, en el año 1834 sólo quedaron cuatro carreras de posta: 1ª Montevideo a Santa Teresa, 2ª Solís a Cerro Largo, 3ª Montevideo a Salto y 4ª San José a Colonia. A mediados del año 1835 Oribe suprimió todas las carreras de postas existentes. La conducción de correspondencia se hacía por empresas particulares subvencionadas. La intensa crisis económica determinó esas medidas, ya que el servicio resultaba excesivamente costoso para el Estado. Los servicios de correos quedaron enormemente resentidos dando lugar a serias protestas por parte de la prensa y la población en general debido al retraso en la recepción de la correspondencia. Se denunciaron casos como el siguiente: una carta salida de Montevideo para cualquier punto del litoral tardaba tres semanas.
En la Guerra Grande Como es de imaginar para el Correo los recursos mermaron dentro de un ambiente de guerra. De ahí la inactividad completa de los servicios terrestres, sólo los militares recibían y enviaban correspondencia por medio de chasques.
En el año 1852 se hizo un llamado de propuestas para la conducción de correspondencia para el interior. El Gobierno las rechazó por considerarlas muy caras disponiendo que el servicio fuera atendido por particulares. Los Correos saldrían de Montevideo los días 1º y 16, regresando los días 14 y 30 respectivamente de cada mes. Se hizo un contrato con Atanasio Lapido para el servicio de Correos de toda la República, estableciéndose las condiciones siguientes: Cinco carreras de postas con sucursales en varios puntos; salidas ordinarias los días 1 y 16 de cada mes; contribución
$ 100 mensuales y contrato por seis años. Los resultados fueron francamente favorables apreciándose rápidamente la eficacia y regularidad del servicio. Deben tenerse en cuenta las dificultades de todo orden que era necesario vencer para hacer llegar la correspondencia a los más apartados lugares, en aquella época, cuando los recursos eran escasos, los medios primitivos, los obstáculos opuestos por la naturaleza muy frecuentes, y la seguridad relativa”.
Publicado en Semanario Entrega 2000 de Mercedes, Uruguay, en el año 2008

jueves, 5 de enero de 2017

OBRERO Y ESCOLAR (El viejo ómnibus de los papeleros)

A la hora señalada comenzaban a verse las túnicas blancas de la escuela. Emergían desde todos los sitios para congregarse en "La esquina", lugar estratégico del Barrio Pamer desde donde partían caminos en cuatro direcciones. Las moñas azules venían caminando los mediodías para encontrarse todos junto a "lo Pastore", el viejo bar repleto de telarañas en el techo, adorno supremo.
Algunos se adelantaban a la hora para jugar a la bolita, demostrando habilidades natas en este juego y llevándose, por supuesto, las mejores, luego de previas apuestas a bastante discusión. Todo un arte, desde el primer momento de pisar fuerte una bolita para hacer el hoyo y gritar clásicas frases o las mediciones con las manos o los pies en noventa grados detrás de nuestra bolita, esperando que no se la llevasen. Por un costado otros dejaban ver las "figuritas" de los álbumes del momento. Habilidad notoria para irlas pasando de mano en mano mientras el otro rápidamente decía: "la tengo, la tengo, la tengo... ¡no la tengo!" Entonces se daba paso a la ardua negociación de intercambio para llegar al trato justo o lo que había que ceder por conseguir una "difícil", la "sellada".
Mientras tanto quien sabe qué hablarían las niñas, varias de ellas expertas en la confección de pomposos anillos con hojas finas de palmeras, las cuales eran cortadas en cuatro con el filo de las uñas y entrelazadas luego con gran destreza. De repente el más pendiente cortaba la tensión del juego mientras gritaba: "allá viene", señalando al viejo ómnibus sindical papelero que doblaba a su izquierda pasando por el puentecito de la cañada.
Se terminaban rápidamente los "arrime pared" guardando las redondas latitas que tenían pintados los jugadores de fútbol de la época, aquellos que sólo conocíamos de la radio o del diario.
De vez en cuando un grito: "¡apurate!", avisando a algún retrasado de la presencia del transporte escolar.
Fábrica y Barrio Pamer - Foto de periódicocentenario.com.uy

Eran finales de los 60 y también comienzos de los 70. Generalmente conducía Donatti. Rostro serio, como para no dar pie a actitudes de bandidos. Ubicado en la "caseta" del ómnibus, separada ésta del resto del pasaje, salvo una ventanita que a veces abríamos para darle algún aviso: "falta fulano". El ómnibus tenía ese lugar para el chofer solo en un costado, al viejo estilo inglés, a la derecha, claro. Al fondo se ponía para la ocasión un cerramiento de madera para evitar que los niños pasaran al pasillo trasero que daba a una puerta de salida siempre abierta. Por alguna esporádica ocasión, cuando la situación lo requería, el chofer se bajaba de su sitio, abría la puerta delantera del ómnibus y tan sólo eso bastaba para que todos volvieran a ser buenos niños con caras de angelitos.
Desde la Pamer hasta la Escuela 1. Con las típicas actitudes de alboroto de niños que vivían el transporte como una aventura. Donde había que subir primero para ir eligiendo los mejores lugares o aquellos sitios que hacían volar la imaginación.
Al regreso cosas parecidas. Bajar la escalera de la Escuela, girar apenas a la derecha para encontrarse siempre el ómnibus estacionado que nos llevaría de regreso al barrio. En ocasiones algún escolar de la ciudad cubría su curiosidad y se subía al viejo ómnibus, perdiéndose luego en trayectos no conocidos, alarmando a sus padres, pero satisfaciendo su ansia de aventura.
Todo el año, todos los años. Casi siempre Donatti, nuestro referente, el hombre de confianza de nuestras familias en el peso de una gran responsabilidad. También en días de lluvia, de invierno. O días de creciente, donde había que saber si se podía "pasar" la cañada o había que dar la vuelta larga e ingresar por la Ruta 14. Más aventura todavía.
El destino de regreso volvía a ser "La esquina". Allí donde el viejo ómnibus giraba pesadamente para concluir su noble misión... una de ellas.
No era precisamente éste el ómnibus, pero muy parecido si.


Cada ocho horas los obreros papeleros iban y venían de la fábrica. Todos los días. En el intervalo de la tarde el pasaje obrero pasaba a ser escolar. Con el paso de los años los uniformes blancos de moñas azules se mezclaban con los liceales del Campos.
Un buen día nació la 110, en un pequeñito y alargado salón que la fábrica papelera destinó para la ocasión. Mientras tanto comenzaba la construcción de esa nueva Escuela 110, donde hoy está.
Publicado en el libro "Gente Noble"-Editorial Entrega 2000-año 2012

jueves, 29 de diciembre de 2016

SOLIDAO - EL BAR DO ARANTE Historia de amor con Ana (2)

SOLIDAO – EL BAR DO ARANTE
Historia de amor con Ana – parte 2)

AÑO 18
Mientras Ana iba de regreso a su Santa Fe mis amigos intentaron distraerme. Los amores pesan cuando se tiene 18 años y en este caso el futuro dolía demasiado.
Sólo sabía que vivía en Santa Fe. Nada más que se nombraba Ana.
Sentado atrás en el coche mis amigos me llevaron al morro de las siete vueltas o algo así, me invitaron a ver la vista más hermosa del mundo según los nativos, la Laguna de la Concepción y algún lugar más que no recuerdo mucho. Mi mente viajaba por cualquier parte.
Al pasar por la ciudad nos alegramos un poco pidiendo a los transeúntes que nos tomaran fotos con el fondo del puente Hercilio Luz, una postal de la ciudad.
Ni siquiera me había quedado con una foto de Ana.
En la plaza XV de Novembro mis amigos saltaban de alegría y pretendían dar más vueltas al enorme árbol.
Las teorías eran distintas. Pero la más veraz parecía ser esa que decía que si era la primera vez que estabas en Floripa debías dar una vuelta para regresar.
Mis amigos se negaban a dar tres vueltas. Era casamiento seguro.
Los tres días siguientes en la isla de la magia fueron muy difíciles de sobrellevar. No quería estar allí.
Ya no importaba el sur natural ni el norte turístico.
Hubiera querido viajar a Santa Fe.

AÑO 19
Ahorrando todo el año para viajar. Podría intentar ir a Santa Fe, pero más me valía pensar reencontrarme con Ana al año siguiente en Florianópolis y así repetir las vacaciones.
El tiempo no pasaba nunca pero finalmente los ahorros permitieron volver a Santa Catarina, Brasil.
Al día siguiente de llegar fui a Pántano, entré en el Bar do Arante y casualmente estaba la misma camarera y Arante. Un aguardiente sirvió para recordarles mi cara y apenas pude me dirigía la mesa donde se sentaba Ana.
Allí estaba el mensaje todavía: “He pasado aquí las vacaciones más lindas de mi vida. Ahora ya estoy volviendo a casa. Ana de Santa Fe”.
El mensaje me volvió a doler. Lo toqué pensando en tocar sus manos, sus huellas. Los nuestros anteriores habían sido superpuestos por otros mensajes de vaya a saber quien. Almorcé en el mismo lugar donde se sentaba Ana y por supuesto dejé un mensaje.
Para Ana de Santa Fe, estoy aquí, llámame a este número..., te sigo queriendo.”
Volví a recrearme en Florianópolis durante quince días. Recorrer nuevamente sus playas y tratar de descubrir más lugares. Dar otra vuelta al viejo higuerón imaginando que ella estaba conmigo. Pasar por la tienda de aquel vestido blanco.
Las inmobiliarias habían cambiado de personal y dueños, nadie me daba información sobre aquella familia que alquiló una casa en Solidao.
Claro que volví al Bar do Arante varias veces. Pero no tenía respuesta a mi mensaje. Ana no había vuelto.

AÑO 20
Llegué a Santa Fe y me alojé en un sencillo lugar. ¿Dónde comenzar a buscarla? Ya tenía edad para estudios terciarios. Quizás se había marchado de allí. Tal vez tendría novio.
Mi ansiedad había ido disminuyendo al pasar los meses pero me negaba a concluir mi historia con Ana. Algo más tenía que suceder.
Caminé Santa Fe, pregunté por la chica de pelo largo castaño llamada Ana que viajaba a Floripa, que tenía una hermana pequeña, que tal vez usaba en verano un vestido blanco.
Cuando entré en el Museo de Cera de Santa Fe me invadió el peso de la historia y aquellas figuras libertadoras marcaban presencia imponente. Fue lo que más me distrajo de mi búsqueda. Los hombres representados, de mirada firme, parecían reales.
Esas figuras inmóviles, representantes del pasado, paradójicamente me devolvieron a la realidad, fue el momento preciso en que aceptaba mi destino.
Ana no apareció.
foto de Dircinha-flickriver.com

AÑO 28
Volví a Floripa. Sentado con mis acompañantes en el mercado de la ciudad me llamó la atención una cara que yo creía conocer. Una chica a la que había visto alguna vez. Estaba sentada con su pareja y me acerqué para preguntarle.
Me respondió que si, que tenía una hermana que se llamaba Ana y que eran de Santa Fe.
La sorprendí un poco con mi ansiedad y se la veía cortada en sus expresiones. No quería decir mucho. Me dijo que ella había venido con su novio y que Ana se había marchado al sur de Argentina donde se casó y tuvo dos niños.
Pensaba demasiado sus respuestas. No quiso darme más detalles. Mi insistencia debió ceder y le dejé anotado un número de teléfono, una dirección y mi nombre. Le pedí que cuando pudiera se lo diese a Ana por si alguna vez deseaba volver a comunicarse conmigo.

AÑO 38
Era la cuarta vez que volvía a Florianópolis. Mi vida estaba hecha y deshecha y mis años veían crecer a mis hijos.
A este lugar siempre se vuelve. Por algo es la isla de la magia.
Debía pasar por el Bar do Arante, claro está.
Mi cabeza descansaba durante estos días a pleno sol y movimiento, a pura belleza natural.
El Bar seguia siendo básicamente el mismo y su espíritu igual. En la mesa de Ana nuestros mensajes ya no existían. Habían sido tapados por otros.
Me senté a comer en el lugar de Ana, girándome a veces para mirar a Solidao. Estando tan cerca tenía que volver a caminar por su playa.
Decidí ir desde Pántano hasta Solidao. Los recuerdos se hacían presentes y aunque mi historia con Ana se había superado siempre me había quedado aquello que no debíamos haber terminado como lo hicimos.
La playa de Solidao estaba concurrida y seguía tan bella como siempre. El morro en la distancia me devolvía emociones y el dejo de la nostalgia me invadió.
Caminaba imaginando mi historia, recordando aquellas vacaciones.
La casa que los padres de Ana habían alquilado seguía estando en su sitio, tan igual como hacía 20 años.
Desde lo lejos se veía movimiento, una mujer sentada, unos adolescentes jugando y una pareja despidiéndose en saludo.
Pero el morro me había hipnotizado. Mi presentimiento me llevó a subirlo, contemplar la misma vista de veinte años atrás y volver a bajar hasta la pequeña y rocosa playa.
Pensaba que Ana podría estar mirando las islas desde lo alto, imaginando su paraíso.
Pero no estaba.
Cuando volvía a la ciudad el sol ya caía lentamente.

Mis días en Floripa iban pasando. Llegué por Armaçao a visitar unos amigos pero no estaban. Entonces, aprovechando la cercanía, decidí volver a Pántano una vez más, la última antes de emprender viaje a Uruguay.
En el Bar do Arante pedí una caipirinha, salía del bar para la playa y me acercaba a los pescadores. Tenía todo el tiempo del mundo para disfrutar de la hermosa bahía.
Más tarde decidí comer y me senté, claro, en el lugar de Ana.
Fue inevitable leer algunos nuevos mensajes.

Te vi pasar al morro, te esperé. Las mañanas más bellas siguen estando en Solidao. Ana de Santa Fe”.
foto de panoramio-florianópolis.travel

Al instante se me revolucionó todo. Ana me había visto en Solidao. ¿Por qué no me llamaría? Había vuelto al Bar a esperarme seguramente. La camarera no se acordaba quien podría haber dejado ese mensaje. Habían pasado algunos días desde que había ido al morro.
La tarde avanzaba y no sabía si ir ahora a Solidao.
Por algo puso “las mañanas”. Otra vez un mensaje cambiaba mi sentir. Quería darle un final diferente a mi historia con Ana.
A la mañana siguiente temprano ya estaba en Solidao. Esta vez había poca gente y buscaba la sonrisa ingenua de Ana envuelta en vestido blanco. ¿Qué hacer cuando la viera? Quería abrazarla, ya no de amor pero sí de mucho cariño. Iba acercándome a la casa que alquilaban sus padres y vi que había movimiento en la entrada, lo que sería un patio delantero con pequeñas vallas.
La casa estaba al borde de la playa, en le playa misma se podría decir. Junto a la puerta alguien levantó su brazo en señal de saludo y creí que era Ana.
Iba acercándome. Ella estaba sentada a la sombra junto a una ventana, seguía levantando el brazo y mantenía su sonrisa ingenua de veinte años atrás.
  • Pasa -me dijo, ni bien llegué a la pequeñita puerta de madera que separaba la casa de la playa.
Me acerqué con otra duda que se confirmaría después.
Le di un abrazo, un beso en la mejilla y ella volvió a apretarme en otro abrazo. Reía, entre tierna y alegremente.
  • Te vi pasar el otro día, esperé que regresaras del morro pero tú no miraste. Seguías para Pántano y yo había quedado sola. Por eso el mensaje en el Bar.
¿Por qué no había ido hacia mí para recibirme? No se lo quería preguntar porque comenzaba a intuirlo.
  • No puedo caminar, hace doce años que no doy un paso.
Ana me lo contó. Se había casado con un compañero de la universidad, tuvieron dos niños y un accidente en la ruta. Él murió y ella salvó sus piernas pero le quedaron inmóviles. Afortunadamente sus hijos no iban en el coche.
Sus padres habían ayudado a criar a los niños y habían vuelto un par de veces más a la isla.
  • Con mi esposo nunca vine aquí. A mis padres siempre les decía que quería volver a Solidao. Ellos me quieren complacer con lo que quiera y a mí algo me transportaba hasta aquí. Todo tiene un porqué. Me enamoré de esta playa, me enamoré en esta playa, conocí el amor en esta casa... Solidao... soledad, incluso me han dicho que solidao también puede significar soledad de dos. Hasta su nombre resulta perfecto para mí. Este es mi lugar en el mundo aunque tenga que vivir lejos de él.
  • Entonces cuando estuve con tu hermana... -comencé a decirle.
  • Sí, me lo dijo. Me dio tu dirección, tu número de teléfono. Me alegré mucho pero yo ya estaba como ahora. Si algún día teníamos que vernos debía ser así, como ha sucedido. Yo también pienso que tendríamos que haberle dado otro fin a nuestra historia joven. Pero es que éramos muy jóvenes. Yo no sabía como despedirme. Pero te extrañé. Te extrañé mucho también.
  • ¿Quieres ir al Bar do Arante y almorzamos?
  • Es muy complicado para mí desplazarme. El mensaje lo dejó mi padre. Se lo escribí yo aquí y él lo llevó.

Veinte años después estaba frente a Ana. Sus hijos tenían 15 y 13 años y sus padres se acercaron a saludar. Reímos recordando aquellos días jóvenes, finalmente almorzamos en esa casa y el padre me confesó que él, hace veinte años, supo en todo momento los pasos de su hija en aquellas vacaciones y que nos había “dejado ser”, porque confiaba en ella, apostó en mí y en nuestra pequeña locura de amor, en mensajes, en lo Arante. Que él me hubiese invitado a su mesa el segundo día, cuando aquel primer mensaje que dejé.
Pero prefirió que nuestra historia la escribiéramos nosotros dos, sólo nosotros dos. Y que él veía entonces que su hija era feliz y reía como nunca y buscaba excusas para verme. Y que también vio su carita triste por el espejo del coche cuando volvían a Santa Fe.

  • Sigue siendo mi cuarto -dijo Ana con sonrisa cómplice mientras yo me había quedado mirando la puerta entreabierta.
Nos contamos nuestras historias de amores y desamores, de hijos adolescentes y vida hechas y deshechas.
Los años habían dejado atrás nuestros semblantes jóvenes aunque Ana mantenía su sonrisa ingenua y sus ojos tiernos. El pelo lo llevaba más corto pero seguía siendo lacio y castaño. Su cuerpo continuaba siendo atractivo. Pero sin dudas en todo lo suyo había una sensación de tristeza.
  • Es lógico ¿no? Mi familia y amigos me ayudan a superar mis días y muchas veces río muy feliz junto a los míos, siempre aceptando mi destino. Pero es cierto, tienes razón. Aun así te lo puedo afirmar: tristeza es la palabra más noble que conozco...
  • Mañana pasaré a buscarte, ¿dónde quieres ir?
  • Mañana estaré ocupada, debo ver el sol y cuidar de Solidao -hablaba Ana mientras reía con frescura-, cualquier lugar que volvamos a ver juntos puede ser peligroso. No quiero hombres en mi vida y tú y yo fuimos más que amigos. Me gusta escribir, ver a mis hijos y dar gracias a mis padres. Para mí es mejor estar sola. Pero al menos nos vamos a despedir mirándonos a los ojos, riendo y sabiendo que los dos seguimos estando.

Dejé mi dirección a Ana, dejé mi teléfono y en esos tiempos ya también existían las direcciones de correo electrónico. Podríamos estar comunicados al menos.
  • Te escribiré -aseguró Ana, con sonrisa dulce.
Mientras tanto yo la abrazaba y hacía fuerza para reír. La miré a los ojos uno segundos, cerca, cara a cara, con mis manos en sus hombros, con sus manos en mis brazos. Pero sólo mantuvimos la vista, sin atrevernos, disimulando deseo, seguramente.

Me fui caminando la arena de la playa, sintiendo en mi la mirada de Ana, evitando darme la vuelta para verla otra vez, con ganas de volver sobre mis pasos y darle otro abrazo, deseando que ella gritara mi nombre, deseando darme la vuelta para verla otra vez, su dulzura pegada en mí y quería retroceder veinte años, impedir que viera en mi mejilla el resultado de mi angustia repentina, agradeciendo que existieran Anas en el mundo, maldiciendo la crueldad de su destino mezquino y gritarle con rabia al paisaje que Solidao era aún más bello por ella.

Dos meses después recibí un correo. Venía adjunta una foto del Bar do Arante, justo del lugar donde Ana almorzaba. Y un mensaje:

Hace 20 años pasé aquí las vacaciones más lindas de mi vida. Pero no me respondas, no me quieras. Tu libertad te permitirá volver a pasar por el corazón aquellos días cuantas veces quieras. Disfruta el recuerdo y así me llevarás, feliz, contigo siempre. Si algún día te necesito te escribiré. Ana de Santa Fe.”




viernes, 23 de diciembre de 2016

EL BAR DO ARANTE - Historia de amor con Ana

(Parte 1) - En el Bar do Arante la conocí. Largo y lacio pelo castaño, semblante risueño y ojos que delataban inocencia. Estaba almorzando con sus padres y una hermana pequeña, luego lo sabría.
Con dos amigos habíamos llegado hasta este restaurante en la playa de Pántano do Sul, isla de Florianópolis. Nos habían dicho que no debíamos dejar de visitar este lugar y que además escaparíamos al turismo normal y consumista del norte de la isla. En el sur encontraríamos más naturaleza, si cabe.
Resulta que el propio Arante nos recibió en bienvenida con aguardiente de caña. Era temprano todavía y no había comensales. Nos invitaron a pasar y comenzamos a comprender que aquel pedido del flaco era valedero en toda dimensión.
El Bar do Arante era mágico. No sólo porque daba a la playa misma sino porque su estructura ofrecía sencilla naturalidad y se veía un paisaje increíble donde se combinaban los paseantes de la arena con las barcas y sus pescadores. La bahía se reservaba para un buen número de hombres que vivían de la pesca y llegaban a la orilla ofreciendo lo conseguido en el mar. Esa unidad de lo turístico y lo autóctono resultaba una mezcla fascinante, increíble de vivirla.
Las mesas de madera y los bancos parecían construidos artesanalmente. Uno comenzaba a sentirse como en casa ni bien traspasar la puerta. Pero lo sublime había comenzado a aparecer ante nuestros ojos en lo inmediato. Cientos de papelitos pegados a las paredes del bar-restaurante. Recorriendo con la mirada el amplio local uno se daba cuenta que serían miles. Mensajes que los clientes dejaban en las paredes de madera.
Las vacaciones más lindas de mi vida”, “... la más dulce luna de miel...”, “la semana más unida con mi familia”, “por aquí caminaron las piernas más bellas de mujer...”, “...no hay mejor pescado que el de Arante...”, “que este lugar nunca pierda su magia”.
Al principio el bar era una tienda y Osmarina, la mujer de Arante, comenzó a preparar allá por los ´60 pescado frito para los viajeros, así fue dando comienzo al restaurante. Por los ´70 Pántano se convirtió en referencia para mochileros que para avisar a sus amigos de la llegada comenzaron a dejar mensajes en la pared del bar. Luego se sumaron todos en los mensajes.
Saludos de los más diferentes países, mensajes de amor, de paz. Comenzar a leer uno nos llevaba a otro, y otro, y otro más. La curiosidad disparada mientras el alcohol seguía quemando gargantas en un brindis repentino.
No había dudas, el almuerzo sería en el Bar do Arante. Por la puerta que da a la playa pisamos inmediato la arena y comenzamos a caminar. Fuimos acercándonos a las barcas que llegaban del mar y conocer a los pescadores en su vida cotidiana. Algún comprador de carne fresca y los niños del lugar alegrando el mediodía. La playa era grande y larga para recorrer. Sin dudas Pántano debía ser visitado.
Pasado el rato volvimos al Bar y nos sentamos dispuestos a almorzar pescado, que si bien no era nuestra costumbre, no podíamos evadirnos a saborear lo mejor de la casa. Nos ubicamos en una mesa contra las ventanas amplias que enseñan la playa y la bahía.

Fue ahí que la vi por primera vez. Ella, con sus diecisiete años, estaba en la mesa contigua, sentada junto a la ventana. Nuestras miradas se cruzaron en medio de mis dos amigos que estaban sentados dando espalda a sus padres. Fue inevitable sentir algo diferente en ese leve cruce, más ella lo había hecho sin intención.
Mi mirada se perdía disimuladamente en su rostro y sobre todo en sus ojos que ofrecían mucha ternura.
Conversaba alegremente con su familia, se notaba que la estaban pasando muy bien.
Pero en todo el tiempo que estuvimos allí no pareció interesarse en mis disimuladas miradas. ¿Cómo acercarme a ella? Al menos su padre hablaba castellano, seguramente serían turistas como nosotros.
Resumiendo, que había pocas oportunidades para conocerla.
Mi joven timidez completó el mediodía y la desesperanza ganó terreno. Me dediqué a compartir con mis amigos, intentar saborear el pescado y beber algún aguardiente más.
La familia estaba para levantarse y dejar el Bar.
Mi ilusión se esfumaba por completo. Mis jóvenes años no sabían aconsejarme cómo acercarme a ella.
Entonces surgió lo que no esperaba. El padre se dirigía a la camarera diciéndole que todo había estado excelente y que al día siguiente volverían. Ella, mientras tanto, había pedido un papel y escribía un mensaje que pegaba en la pared mientras su madre la apuraba desde la puerta.

Pántano es una de las playas más lindas, me alegro de haberla conocido. Ana de Santa Fe”.

Mis amigos ya se habían percatado de mis sentires y con ironía se rieron cuando fui a ver de cerca el mensaje. Entonces escribí otro que pegué deliberadamente bien junto al suyo, superponiéndose con otro mensaje. Es que las paredes de madera casi no se ven de tanto papel escrito.

Y yo a ti...”
Foto de Dircinha-flickriver.com

En realidad no sabía bien qué ponerle. Si al día siguiente volvían a almorzar allí seguramente su curiosidad le haría leer su mensaje aunque no se sentara en el mismo sitio.
No firmé ni puse mi origen. Sólo eso.
Luego de almorzar volvimos al norte de la isla. Por la tarde paseamos por Jureré, Canasvieiras, Ingleses, todas playas de corte netamente turístico. Hermosas ellas y una vida plena con el ir y venir de gente. Vendedores de todo tipo de cosas y mujeres bonitas por donde uno dirija la vista. Sin dudas Floripa era un lugar de magia, de encanto. Pero para mí el sol se había quedado en los ojos de Ana. ¿Dónde se alojaría? ¿En qué lugar de la isla estaba ahora mismo?
En la noche decidimos salir con mis amigos. Cerca había un local muy grande con música para bailar. Mucho movimiento juvenil pero yo parecía no estar allí. Buscaba entre las mil mujeres los ojos de Ana y no los encontré. El cansancio de la jornada de sol había hecho mella en nuestros cuerpos y decidimos volver temprano al piso que habíamos alquilado por unos cuantos días.
A la mañana siguiente yo sabía mi destino: Pántano. Mis amigos me dijeron que ellos no querían volver. Preferían visitar la Joaquina, una playa en el centro de la isla, camino a Pántano. Los dejaría allí y más tarde me volvería a reunir con ellos. Yo estaba plenamente decidido a seguir hasta el Bar do Arante, almorzar y esperar.
Llevaba una mezcla de osadía y timidez. Parecía decidido aunque las dudas volverían a aparecer luego, lo sabía. ¿Cómo poder conversar con ella?
Llegué temprano y me senté en la misma mesa que el día anterior. Mientras me traían mi primer aguardiente me dediqué a leer otros varios mensajes. El de ella y el mío continuaban allí, en el mismo sitio.
Cuando Ana llegó con su familia yo estaba parado viendo mensajes y mis nervios crecieron. Ella se sentó en el mismo lugar y vio su mensaje, quedó unos segundos mirando el mío, seguramente intentando descifrarlo. Su padre, sonriendo, algo le comentó, seguro que del mensaje.
La camarera trajo mi primer plato y me senté sabiendo que si levantaba la vista me encontraría con sus ojos. Fue así. Los mantuve con disimulado interés y ella los sostuvo con más firmeza y como preguntando. Creo que era la primera vez que se fijaba más detalladamente en mí. Fui el primero en retirar la vista y seguro que eso me delató.
Estaba con un vestido veraniego rojo que le quedaba de ensueño y que le marcaba su figura juvenil.
Su cabellera lacia continuaba suelta, su sonrisa fresca y sus ojos ingenuos. En algún momento se puso unos lentes oscuros y sentí que me controlaría mejor. Yo no hacía nada. Estaba quieto, como en la silla de los acusados, esperando el juicio. Seguramente no sería capaz ni de dirigirle la palabra. Esperaba un mágico momento de oportunidad y osadía. Pero no se dio.
Lo que sí resultó inevitable fue mirarla toda vez que pude. Recorrer su cuerpo, extasiarme con su boca y queriendo tocar su pelo. Su sonrisa enamoraba.
Así pasé casi una hora, disimulando cobardía.
Estiré mi almuerzo lo más que pude y por algún momento creí ser un idiota. Me levanté como para ir a pasear un poco por la sala lateral donde en la noche había música en vivo. Volví a mi mesa justo cuando ellos se marchaban. Se repitió la escena. Su padre pagaba la cuenta, su madre se iba con la niña pequeña rumbo a la puerta y Ana escribía otro mensaje que pegó junto al mío.
Al irse se sacó los lentes oscuros y nuestras miradas volvieron a cruzarse. Mis latidos crecieron al instante y apenas pude me acerqué a leer su mensaje:


cada noche en... ponen la mejor música sertaneja”.

¿Sería la mejor aventura de mi vida? ¿Mis vacaciones tendrían mayor premio?
Volví a toda prisa a la Joaquina, ubiqué a mis amigos y comenzó mi tarea de disuasión. Había que ir a ese lugar y yo que ni sabía cuál era la música sertaneja.
Nos dimos un largo baño en las a veces peligrosas olas de la playa que es ideal para surfistas. Además era ancha, larga y bastante plana. Antes de partir tomamos una copa en una de las terrazas de un bar y le preguntamos a una chica camarera sobre la sertaneja.
Resultaba ser una música del nordeste, similar al country, con piezas movidas y alegres y otras muy dulces y románticas.
No había dudas de donde ir esa noche.

Ana estaba allí. Yo me había vestido con mis mejores pilchas e incluso acepté un poco de perfume de mis amigos, tema del cual no era muy gustoso. Pero la noche lo proponía.
Ella conversaba con otras dos chicas y en el momento que la sertaneja romántica comenzó a sonar, las parejas de la pista de baile me hacían sentir que había llegado el momento.
El lugar, muy acogedor, no era muy grande. Me dejé ver, la observé desde cierta distancia con insistencia y cuando mi mirada dejaba ver mis intenciones me acerqué latiendo a mil.
Bailamos cada vez más juntos. Me invitó a conocer a sus amigas y así entonces también conocieron a los míos.
Cuando volvió la sertaneja romántica otra vez a la pista y al poco rato, después de hablar sencillas cosas, me atreví con la pregunta: ¿es muy pronto para pedirte un beso?
Ella sonrió. Sonrió tan dulce como ingenuamente y me abrazó más fuerte, pegándose. Fue a la siguiente canción en donde volvió a sonreír y recién allí, con su mirada, me invitó a besarla.
Dejamos a Ana y sus amigas en donde se hospedaban. Eran tres familias conocidas que alquilaron en el mismo edificio. Nos encontraríamos al día siguiente en Jureré.
Costó un poco pero finalmente pude encontrarla. Tanta cantidad de gente en la playa servía de algo y fue para disimular nuestro encuentro de sus padres. Fuimos a caminar, nos metimos en el agua y nos besamos, nos abrazamos, jugando con el mar.
  • ¿Tienes novia? -preguntó.
  • Creo que sí... quisiera que fuera tú.
  • Pero vivimos a muchos kilómetros, ¿cómo mantener la relación?

Sus palabras eran la pura verdad. A nuestros jóvenes años la distancia sería definitiva. Yo quería convencerla que igual podríamos intentarlo, que ya encontraríamos alguna solución. Que le escribiría, que la llamaría por teléfono, que intentaría ir a verla.
Quedamos de no salir esa noche y encontrarnos a la mañana siguiente en la ciudad.

En la plaza de Florianópolis existe un gigantesco árbol que da cobijo y sombra a artesanos, paseantes y veteranos del lugar que juegan al dominó. Allí estaba Ana con sus amigas esperándome. Se despidió de ellas y vino hacia mí.
  • ¿Conoces este árbol? -me preguntó.
  • No.
  • Dice la leyenda que aquel que viene por primera vez y camina alrededor de él, volverá.

Abrazados dimos toda la vuelta al gran árbol de la plaza XV de Novembro y luego caminamos por la peatonal Felipe Schmidt. Entramos a varios comercios e insistí en regalarle un vestido de verano que miraba largamente frente a un espejo.
  • Anda, pruébatelo.

Era blanco y le quedaba hermoso. Se lo dejó puesto y seguimos rumbo al mercado público estilo colonial en donde había mucha gente. Nos sentamos a comer en un puesto con una mesa pequeña alta y un par de taburetes. Quedamos junto al corredor por donde no dejaba de pasar gente y disfrutamos un buen rato.

Más tarde volvimos a la plaza, nos encontramos con sus amigas y me ofrecí a llevarlas nuevamente al norte. Estaba haciendo uso del coche que habíamos alquilado con mis amigos. El cambio de moneda nos favorecía mucho en tiempos en donde si te gustaba una cosa te comprabas dos.
Combinamos para el día siguiente navegar en un barco turístico. Estilo velero, transita aguas del océano y el destino sería la fortaleza de Santa Cruz. Construida en 1739 en la isla de Anathomirim, esta fortaleza nos transportaba a las épocas de la conquista y de las luchas por la posesión de la isla, último puerto y lugar seguro antes del Río de la Plata para los osados europeos.
Con Ana nos alejamos del grupo y caminamos tranquilamente por la fortaleza, jugando con nuestros sueños, tomándonos de la mano y besándonos en las antiguas ventanas de piedra que ofrecían desde su altura un maravilloso espectáculo de aguas oceánicas.
Fue allí, en una de esas salientes de piedra, abrazándola por su espalda, mientras mirábamos el inmenso mar, que le besé en el cuello muy despaciosamente y me animé a susurrarle: “te deseo... Ana”.
En el regreso el barco se dejó ir y comenzaron a aparecer delfines que acompañaban nuestro trayecto.
Con alguna caipirinha en nuestras manos brindamos por tan hermoso día mientras en el agua los delfines parecían danzar. Cercano a una isla privada el barco se detuvo y pudimos lanzarnos al mar. El agua en ese lugar, vaya a saber por cuales razones, hacía que uno se mantuviera a flote con mínimo esfuerzo.
Nuestros encuentros seguían a escondidas de sus padres y contando los días para la despedida. Mis amigos disfrutaban a su manera y pasaban de mí, que los había defraudado.
  • Mañana almorzamos en el Bar do Arante, -dijo Ana- será difícil que nos veamos, nos vamos el domingo.
  • Nos vemos en la noche, entonces -contesté.
  • Es que para estos últimos días mis padres alquilaron una casa en el sur, también me separaré de mis amigas.

Al mediodía siguiente estaba envalentonado y me senté en el Bar do Arante pidiendo un aguardiente.
Ana y su familia se sentaron en la mesa de siempre y yo no sabía que hacer. Ella sonreía como siempre pero tenía un dejo de tristeza en su gesto. Yo creía que la estaba conociendo. Apenas me miraba y yo no quería aceptar que ya nos hubiésemos despedido.
El tiempo pasó y ellos ya se iban. La madre y la pequeña primeros, el padre pagaba la cuenta y cuando junté fuerzas para dirigirme a ella vi que escribía un mensaje que pegaba junto a los nuestros. Me detuve y la dejé ir.

Las mañanas más bellas están en Solidao.”

  • ¿Dónde está Solidao? -pregunté a la camarera.
  • Allí... mira.

Por los ventanales del Bar do Arante la chica me señalaba una playa, contigua a Pántano.
  • Si quieres hasta puedes ir caminando.

A la mañana siguiente yo estaba en Solidao. Increíble belleza natural de esta playa, cercada por viviendas planas que adornaban el paisaje, que no lo invadían.
Había poca gente y comencé a caminarla hasta que finalmente la encontré. Mis ojos se iluminaron. Venía hacia mi riendo ingenuamente con el veraniego vestido blanco que parecía la había hecho emerger del mar. Su pelo lacio castaño suelto, dividido en dos, tenía un color especial aquella mañana y sus ojos estaban tiernos como nunca.
Metros antes de encontrarnos se paró y riendo giró en si misma ofreciendo su figura y el vestido blanco.
Foto de panoramio-florianópolis.travel

  • Ven, caminemos para aquel lado -dijo.
Estar con Ana en Solidao era como estar en el paraíso.
  • Mis padres volverán al Bar do Arante este mediodía, pero les dije que quería estar sola en la playa.
Nos bañamos en las aguas de Solidao en donde la abracé toda vez que pude, en donde ella reía por escapar y en donde nos tiramos agua a cada rato, también arena para volver al mar.
A la hora señalada Ana me miró dulcemente y susurró: “vamos”.
Su familia ya había marchado al Bar do Arante. Ana me llevó hasta la casa que alquilaban y me hizo entrar hasta su cuarto, puso sus manos en mis hombros y acercándose, mirada fija en mis ojos, dijo suavemente: “también te deseo”.
Puso música sertaneja romántica y de espaldas a mí dejó caer su veraniego vestido blanco. Con nervios y suave pasión se fueron sucediendo las cosas y amé a Ana lo mejor que pude, fundido en nervios, brazos y abrazos, en te quieros y lágrimas furtivas que adelantaban la despedida y final.
Intentamos dejar todo tal cual había quedado, escribió un mensaje a sus padres y señalando un morro me preguntó: “¿me llevas?”.
Junto a la playa de Solidao hay un morro que tiene un sendero por el cual se puede ir caminando para pasar de un lado a otro. Un paseo con sol y naturaleza plena y una belleza deslumbrante cuando se está en lo más alto del morro.
Con la vista impresionante del océano abracé a Ana por detrás, la protegí largos minutos y le dije: “te quiero”.
Las islas en el horizonte fueron testigos de mi sentimiento. El cálido día de sol acompañaba esta simulación de estar en el paraíso.
Seguimos el paseo y comenzamos a bajar por el otro lado del morro. Frondosa vegetación a veces, otra gente caminando y de repente al llegar abajo una preciosa playa con rocas. Sólo se podía llegar a ella caminando por el morro, pero el que lo hacía recibía un privilegio irrepetible. Un lugar de ensueño, de suma paz y un escondido lugarcito de arena entre las rocas para volver a amar a Ana, con el agua de las olas alcanzando nuestros pies.
Volvimos a Solidao.
  • Ahora debes irte que ya mis padres estarán en la casa. Mañana puedes venirte al Bar do Arante y nos despediremos, ya veremos allí como podremos seguir comunicándonos, me dejarás tu dirección, algún teléfono...
    - Yo volveré, -le dije- di vuelta al árbol de la plaza y sé que volveré.

Mis amigos también habían hecho sus vacaciones muy agradables a pesar de mi lejanía. Al día siguiente era domingo y partí rumbo a Pántano do Sul.
Pensaba que Ana me presentaría a su familia y me iba preparando para la ocasión, ensayando posibles y nerviosos diálogos.
Llegué al Bar do Arante y saludé con sonrisa abierta a la camarera ya conocida. Le pedí un aguardiente y me dirigí a la mesa de siempre.
Allí estaban todavía nuestros mensajes.
Allí estaba también un nuevo mensaje.

He pasado aquí las vacaciones más lindas de mi vida. Ahora ya estoy volviendo a casa. Ana de Santa Fe”.